Tiempo y espacio de adulterio

Ya fuesen hombres y/o mujeres casados con sus amantes, en el sur de Francia la pena más común por adulterio en el siglo XIII era el paseo infamante: recorrer desnudos la ciudad, tal vez siendo golpeados y atados por los genitales. Pero en el siglo XIV ya nos encontramos con la posibilidad de cambiar este paseo por una pena pecuniaria. ¿Y qué pasaba mientras tanto en la Península Ibérica?

 

Hace cosa de 10 días muchos amigos (muchas gracias!) me mandaron información sobre una exposición que se puede ver hasta el 9 de noviembre en la parisina torre Jean sans Peur. Los titulares no dejaban lugar a dudas sobre la temática: “El verdadero sexo en la Edad Media“, “Tríos, prostitución y sacerdotes: una exposición desmonta los mitos del sexo en la Edad Media“. ¿Qué decir? Que París bien vale una exposición, o que la exposición L’amour au Moyen Âge bien vale un viaje a París.

 

Es sorprendente la cantidad de personas que compartieron la noticia en las redes sociales (según la web de 20minutos 8710 en Facebook, 1346 en Twitter) y no es de extrañar. La nota de prensa elaborada por los organizadores de la exposición (de la que beben las noticias que se pueden leer en castellano) ha sabido desmontar de un plumazo esa creída sexualidad medieval rancia, triste, oscura y con olor a incienso que poco o nada tiene que ver con la realidad. Y es que como bien dice la responsable de comunicación “la Edad Media es un periodo muy desconocido por su larga extensión“.

 

Muy extensa en el tiempo y, para mayores complicaciones, en un espacio más fragmentado que el actual, lo que hace difícil formular ideas generales sobre la Edad Media aunque queramos. Por eso para mí significó un gran toque de atención uno de los comentarios sobre el adulterio: “si la esposa cometía adulterio, recibía una multa o más raramente castigos corporales” (Si l’épouse commet l’adultère, elle reçoit une amende ou plus rarement des châtiments corporel). Esta afirmación en la Castilla bajomedieval sería muy discutible (la condena, no quien la sufre), pero hay que recordar que no es lo mismo una exposición sobre la Francia plenomedieval que sobre la  Castilla de finales del Medievo, o al menos en lo que a leyes contra el adulterio se refiere. Pongamos como ejemplo el siglo XIII. Leah Otis-Cour nos cuenta en su Historia de la pareja en la Edad Media que en algunas ciudades francesas como por ejemplo Lezat, Pamiers y Manosque, las leyes penalizaban el adulterio tanto si lo cometía una mujer casada como un hombre casado. Pero parece que la realidad distaba mucho de lo que dictaban las normativas y no se procesaba a los hombres casados por adulterio. La realidad social era claramente beneficiosa para el hombre. En Toulouse durante toda la segunda mitad del siglo XIII las leyes afirmaban que, pese a las protestas de la Corona, un hombre casado no podía ser detenido por adulterio si era sorprendido en su casa o en una alquilada por él, lo cual indica que desde la corte real se estaba presionando para que los hombres también cumplieran penas por adulterio.

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Reyes versus sexo: santos y reinos perdidos

El trabajo de rey es complicado, siempre está expuesto a críticas presentes o futuras y se le exige dar su vida por el reino. Como Fernando el Católico, ejemplo de ejemplos al morir en acto de servicio. Tras enviudar de Isabel la Católica, Fernando casó con Germana de Foix. Sus esfuerzos por tener descendencia conjunta acabaron con Fernando.

 

Cuando hace casi dos semanas leí en la prensa que la infanta Leonor recibiría instrucción militar como parte de su formación como heredera de la corona española, pensé en Lucas de Tuy. El Tudense es conocido por su obra Chronicon mundi, una crónica al uso pero con la característica de que su objetivo no es sólo narrar los hechos de reyes pasados, sino de que sus vidas sirvan como ejemplo de buen o mal comportamiento para futuros monarcas. El estudio del pasado siempre ha servido para no cometer los mismos errores, incluidos los unidos al comportamiento humano. Y en cuestiones sexuales el sexo ha encumbrado, pero también ha despeñado, a monarcas visigodos, asturianos, leoneses y castellanos durante la Edad Media para ejemplo de sus sucesores. Aquí está nuestra edificante selección, útil tanto para nobles como para plebeyos.

 
El primero es Rodrigo, último rey visigodo (710-711). Su corto reinado está marcado por la violencia y las facciones para acceder al trono, las cuales acabaron con la irrupción de los musulmanes en el suelo peninsular. Pero la leyenda, nacida en la Edad Media, cuenta que Rodrigo perdió la Hispania visigoda debido a sus impulsos sexuales: al violar a la hija de Don Julian, conde de Ceuta, este decide vengarse, ayudando a cruzar el estrecho a las tropas musulmanas. Resultado final de la leyenda: Rodrigo pierde el trono y el reino visigodo desaparece por una violación.

 
Alfonso II de Asturias gozó de un largo y próspero reinado (791-842). Aún con problemas, supo mantenerse en el trono, expandir las fronteras de su reino y durante su gobierno la tumba de Santiago fue descubierta. Pero tal vez sea más conocido por su apodo, el Casto. Según todas las crónicas, nunca mantuvo relaciones sexuales con su esposa, es más, no se le conoce descendencia alguna, ni legítima ni ilegítima. Ya fuese asexual, homosexual o impotente, lo cierto es que él o los cronistas supieron gestionar su castidad de manera beneficiosa para la posterioridad.

 
Proclive a los amores con mujeres de otra religión fue Alfonso VIII de Castilla (1158-1214). La leyenda cuenta que durante siete años o siete meses, el rey estuvo encerrado con su amante judía hasta que esta fue asesinada, olvidándose no solo de que era un hombre casado sino de que tenía un reino que gobernar. Según algunos moralistas medievales, Alfonso VIII perdió la batalla de Alarcos como castigo divino por tener como amante a una mujer de otra religión, algo que socialmente no era problemático al ser él un hombre. No obstante, 17 años después recuperaría lo perdido con creces en la batalla de las Navas de Tolosa, aunque quienes lo juzgaron lo olviden por completo.

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Insultos en el Twitter, realidades en la Historia

Puta, rocina, enceguladora, fodido, fududinculo… Desde la Plena Edad Media nos encontramos una y otra vez con los mismos insultos en la documentación. La mayoría de ellos son de carácter sexual,  tildando a las mujeres de putas y a los hombres de jodidos, o lo que traducido al castellano actual sería puta y maricón.

 

Hace un par de semanas, un artículo de opinión de El Periódico me llamó la atención. En él, la periodista Ana Pastor contaba su experiencia como usuaria de Twitter, una experiencia más amarga que constructiva. El inicio de su artículo eran un variado racimo de insultos y algunas amenazas dirigidos a su persona. Bueno, no tan variado, porque de los once que mostraba, cinco eran de índole sexual: puta, hija de la grandísima puta, zorra, cerda, solicito permiso para meterte en un campo de concentración en el ala de violadores inmigrantes. Primer paralelismo el día entre la actualidad y el Medievo: desde la Edad Media nuestra forma de insultar no ha cambiado y, por tanto, su relación con la sexualidad.

 

Puta, rocina, enceguladora, fodido, fududinculo… Desde la Plena Edad Media nos encontramos una y otra vez con los mismos insultos en la documentación. La mayoría de ellos son de carácter sexual,  tildando a las mujeres de putas y a los hombres de jodidos, o lo que traducido al castellano actual sería puta y maricón. Tanto ayer como hoy, estos insultos basan su fuerza en indicar que las mujeres son promiscuas y los hombres poco viriles, es decir, en atacar los ideales de sexualidad femenina y masculina que la sociedad lleva siglos asignando: por un lado mujeres castas, recatadas y asexuales, por el otro hombres viriles, penetradores, sexuales. Desde el siglo XII en la Castilla medieval, si se podía demostrar con testigos que tales palabras insultantes habían sido pronunciadas, se denunciaban los hechos, se iba ante el juez y este, con la ley en la mano, solía imponer una multa y obligar al denunciado a retractarse de sus palabras.

 

Pero las palabras de Ana Pastor, un impecable relato de su experiencia y sensaciones con Twitter, no era una forma de liberarse  de su dolor o de denunciar los hechos acaecidos. Su objetivo era mostrar lo irónico que resultaba que el ministro del Interior anunciara que había que investigar Twitter porque es un lugar “donde se insulta y amenaza“, y que se diera cuenta sólo cuando la red social se hacía eco de la muerte de la presidenta de la Diputación de León. El caso de Ana Pastor, que denunció los insultos y amenazas y la Justicia determinó que no eran delito, es uno de entre otros muchos. Segundo paralelismo del día entre realidad y Medievo: “debe ser que no todos somos iguales“.

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Pedro Hispano o un médico, un Papa, un autor y Viagra en la Edad Media

Si en un libro de medicina aparecen fórmulas para facilitar la erección y el coito es porque la gente las reclama, ya sea en tiempos actuales o medievales. El sexo no es patrimonio de la actualidad. Como veremos, en la Edad Media no hacía falta que fueran “curas sin ordenar” que “se entregaban al placer” los autores de estos libros o a quien iban dirigidos.

 

Hace un tiempo un amigo (Hola Paco!) me envió un artículo de la web de ciencia Materia de lo más suculento: “Cuando el Papa enseñaba a tener buen sexo“. Vaya, eso sí es un título. Pero en el copete de la noticia el asunto empezaba a tambalearse: “Un libro médico atribuido al pontífice medieval Juan XXI daba recetas para mejorar la erección y dar más placer a las mujeres en las relaciones sexuales“. Es decir, que el libro medieval donde podemos encontrar estas recetas es una obra de la que no se conoce bien quién fue su autor. No hace saber nada de Historia Medieval de la Sexualidad para darse cuenta de que el Papa Juan XXI no tiene por qué ser el Pedro Hispano que escribió en el siglo XIII la obra en cuestión, aunque el artículo sugiera varias veces dicha posibilidad.

 
Es muy común que todo el que lee hoy en día los capítulos dedicados a la excitación y erección masculina en el Tesoro de pobres, sienta una profunda ironía pensando en que su creador fue un clérigo que llegó a la cúspide de la jerarquía cristiana. Es fácil porque rara es la edición que no menciona a ese Pedro Hispano que se convertiría en Papa. Pero quien escribió el Thesaurus pauperum era un estudioso de la medicina llamado Pedro originario de la Península Ibérica, y me temo que en el siglo XIII había muchos médicos llamados Pedro que habían nacido en los reinos cristianos ibéricos. Uno llegó al papado y del resto poco sabemos. O simplemente, tal y como se indica en el artículo pero al final, el autor ni siquiera llegó a llamarse como el Papa, sino que se cambió su nombre en la obra por el del Pedro Hispano/Papa Juan XXI para que esta se destacara o se difundiera más. Siento mucho romper la idea que propone el artículo sobre un Papa medieval amigo del sexo… pero el Tesoro de pobres de Pedro Hispano es más que esto; el sexo medieval siempre da más.

 
El Thesaurus pauperum se parece mucho a otras obras médicas medievales, donde no es raro que se hable de enfermedades que afectan a los órganos genitales o a otros problemas que tienen que ver con la sexualidad y la reproducción. Como bien indican en Materia, el Thesaurus pauperum tiene una sección que habla de cómo evitar la excitación sexual para aquellos que tengan que guardar castidad, remedios de los que otras obras hablan para evitarlos. Pero si consultamos el Thesaurus vemos como hay medicamentos para evitar un aborto y también para que “vuelva la menstruación”. Si la obra de Pedro Hispano es conocida al hablar de sexo en la Edad Media, es por la amplia recopilación que hace de estos últimos remedios. Y no es el único ni el primer clérigo que recoge todos ellos en la Plena Edad Media sin condenarlos.

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¿Quién necesita una novia virgen en la Edad Media?

Que llegar virgen al matrimonio sea grato a la Iglesia no es un capricho, pues demuestra que el creyente ha sido consecuente con la moral sexual cristiana. Pero eso no la convierte en obligatoria para acceder al matrimonio, ni hoy ni en la Edad Media. La Iglesia no era la única defensora de la virginidad, ni la mejor. La sociedad tenía sus propios intereses y medios en resguardar la virginidad, pero sólo la femenina.

 

Hace cosa de unos días, vi en las redes sociales la siguiente noticia: La iglesia exigirá certificado de virginidad para poder casarse. Alguno comentó que esto era una vuelta a la Edad Media. El copete de la noticia esclarecía aún más el titular: El Obispo de Sevilla, Rubén Sempiterno, en declaraciones a la cadena COPE, ha confirmado al diario ABC que a partir de ahora es necesario para casarse presentar un certificado de virginidad. Las fuentes de la noticia eran fiables: tanto la COPE como el ABC (famoso en las redes sociales y en este blog por otros artículos suyos sobre Iglesia y sexualidad) son medios afines a la Iglesia española. Hasta aquí todo ralla la lógica si no somos expertos en asuntos eclesiásticos, pues ni existe un Obispo en Sevilla ni el jefe de la archidiócesis sevillana se llama Rubén Sempiterno.  Pero lo que a cualquiera le tiene que sonar sospechoso es que el link de la noticia no funcione. Estamos ante una broma, bien pensada, que muchas personas se han creído desde noviembre de 2013. Ahora bien ¿por qué la han creído? Sencillo, por la conocida relación entre Iglesia y virginidad; pero a la vez complejo.

 

La Iglesia no inventó la virginidad, ni siquiera su valor y su imaginario porque ya estaban allí cuando Jesucristo murió en la cruz. No obstante, su interés por ella fue marcado y acabó afectando a todos los cristianos. Algunos Padres de la Iglesia en época romana dieron un extraordinario valor a la virginidad, prefiriendo este estado mucho más que el del matrimonio. Esto provocó que durante los siglos altomedievales el matrimonio fuese devaluado como opción de vida cristiana frente a la vida monástica. Quien quería servir a Dios debía ingresar en un monasterio, no en las filas de las personas casadas. Pero en el siglo XII la moral sexual cristiana vivió diversos cambios, entre ellos la equiparación del matrimonio con la vida clerical como opción de vida. Justo en ese mismo siglo se expandió el culto a María, la madre de Jesucristo, una virgen. Ella será el modelo ideal de mujer, el referente de todas las mujeres cristianas: vírgenes (o en su defecto castas) y madres. Frente al ideal se encontrará Eva, personificación del pecado y la lujuria que arrastran al hombre.

 

La Iglesia antigua y medieval apreciaba la virginidad, sobre todo la femenina, pues según los escritores cristianos sus limpias vidas eran muy gratas a Dios. Poco se dice de los hombres vírgenes; y es que la Iglesia se encontraba influida, ya desde los tiempos romanos, por una sociedad que quería que las mujeres fueran vírgenes hasta el matrimonio, mientras que no creía posible que un hombre no tuviera ninguna experiencia sexual. Socialmente, ellos debían estar iniciados sexualmente; ellas debían ser vírgenes hasta su primera experiencia sexual con su marido. Pero los valores de la Iglesia no siempre coincidían con los sociales; para ella el sexo fuera del matrimonio era una grave falta para ambos géneros. El ideal católico era (y es) que todo el mundo llegase virgen a la noche de bodas, contradiciendo en parte al ideal social.

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Violento silencio de la prostitución

Marginadas y silenciadas, así era como vivían las prostitutas en la Plena y Baja Edad Media castellana. Eran útiles a la sociedad porque evitaban que las mujeres buenas fuesen seducidas; pero a la vez eran rechazadas por ser trabajadoras del sexo, por ser promiscuas, una característica sólo valiosa para los hombres porque remarcaba (y remarca) su virilidad. Las agresiones que vivían, salvo cuando sufrían una muerte violenta, no solían ser escuchadas.

 

Esta semana la hemos iniciado con una noticia de la agencia Europa Press que ha tenido eco en numerosos medios nacionales e internacionales: “El gobierno precisa que asesinar a una prostituta no es violencia de género“. Todo empieza a finales de octubre de 2013, cuando una joven prostituta apareció muerta en Melilla junto a una carretera. Las investigaciones acabaron por dar con el asesino: un militar de 31 años que acabó con la vida de la chica por divergencias por el pago del servicio sexual. A la vez que el asesinato se esclarecía, la Unidad de Violencia de Género emitía un comunicado donde lamentaba la muerte de la joven, a la vez que señalaba que los hechos no podían ser tildados de violencia de género por tratarse de una relación casual. Muy pocos medios se hicieron eco del caso, hasta ahora. El Ejecutivo español respondió hace poco a dos diputadas socialistas el por qué no se había considerado el asesinato de la joven como violencia de género; su respuesta es similar a la dada en noviembre por la Unidad de Violencia de Género con la ley en la mano. Puesto que no he estudiado Derecho, no voy a entrar en discernir qué es y qué no es violencia de género según las leyes españolas. Como tampoco he cursado Ética periodística, pasaré por alto el titular de Europa Press. Pero de lo que sí se algo es de Historia de la Sexualidad en la Edad Media.

 

La sociedad medieval es una sociedad de violencia, de ahí que aflore en cada esquina, en cualquier persona y ante cualquier situación. A mayores, la violencia dentro del matrimonio está a la orden del día porque es un sistema socialmente permitido para que el marido “muestre” el buen camino a su mujer. Y también a las hijas y a las hermanas. Cualquier mujer que se porte de forma no idónea puede ser insultada y castigada físicamente si se lo merece por sus familiares y allegados, también por otras mujeres. Y en esta sociedad son las prostitutas las mujeres más “aleccionadas” porque su oficio es el de ser mala mujer. En muchas poblaciones cualquiera podía agredir a una prostituta, verbal, física y hasta sexualmente sin ser sancionados por las autoridades. Ser insultado o pegado en la Edad Media no era sólo daño psíquico o físico, sino mayoritariamente humillación y por tanto deshonra. Pero la honra sólo puede ser perdida por quienes la poseen y las prostitutas, por ejercer su oficio, están desposeídas de ella. Por ello pueden ser insultadas y golpeadas con total impunidad, sobre todo si son las que han provocado la situación o si los testigos así lo indican.

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Homosexualidad en la hoguera, medieval y actual

Simón Ruiz de los Cameros murió en la hoguera en Treviño en 1277. ¿Ardió en las llamas por ser homosexual? Parece que no porque las fuentes de las que bebe esta teoría o parten de rumores o son incompletas. Pero mientras no descubramos qué es lo que supo Alfonso X para condenar a muerte a su propio hermano y al señor e los Cameros, la teoría seguirá existiendo porque resulta impactante y creíble para la Edad Media…

 

Hacia el 27 de febrero vimos en España, sobre todo en las redes sociales, la foto de un hombre quemado vivo en Uganda. El motivo: ser homosexual. El desencadenante: la latente homofobia despertada por la aprobación de las nuevas leyes ugandesas contra la homosexualidad. Tantos comentarios sobre que Uganda iba en dirección hacia la Edad Media europea, me hicieron recordar la pragmática sanción de los Reyes Católicos contra el delito nefando, dada en Medina del Campo el 22 de agosto de 1497: “cualquier persona, de cualquier estado, condicion, preeminencia o dignidad que sea, que cometiere el delito nefando contra naturam… que sea quemado en llamas de fuego en el lugar, y por la Justicia a quien pertenesciere el conoscimiento y punicion del tal delito“.

 

No obstante, me ha sido imposible rastrear la susodicha foto en la prensa nacional española. Tanto la imagen como la noticia explicativa que debería acompañarla no aparecen en estos medios. Tal vez porque las nuevas leyes contra la homosexualidad en Uganda no condenan con la muerte las prácticas homosexuales como algunas de la Edad Media; tal vez porque la foto llevaba circulando por internet desde el 20 o 24 de diciembre de 2013 y por tanto no podían ser resultado directo de la aprobación de la ley anti-gay, o porque ha sido imposible verificar que la víctima fuese homosexual. Y es en este punto cuando la imagen de la muerte en 1277 de Simón Ruiz de los Cameros cobra relevancia: en la hoguera por homosexual.

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Excomunión por aborto ¿en la Edad Media?

Desde su aparición al mundo de hoy, la excomunión ha vivido muchos cambios. Ha transitado desde el ser un castigo excepcional a su abuso en la Baja Edad Media, para volver a ser una medida extrema. A la vez, los motivos que llevan a ella han ido cambiando con el paso de los siglos, pero excomulgar por abortar no era algo que hayamos heredado de la Edad Media.

 

“Si se realiza un aborto, todos los que han colaborado directamente y cuya colaboración ha sido necesaria para que se lleve a cabo, tienen pena de excomunión ipso facto, porque la Iglesia quiere defender a los débiles, no porque esté en contra de las mujeres”.
Las palabras de Juan Antonio Martínez Camino me confundieron bastante. Sus declaraciones vertidas en la prensa no me permitían averiguar si nos encontrábamos bajo una amenaza (el aborto va a pasar a ser motivo de excomunión) o un recordatorio (el aborto es desde hace tiempo una de las razones por las cuales una persona es excomulgada). Un par de minutos en internet me ofrecieron la respuesta. Según la promulgación del Código de derecho canónico que Juan Pablo II hizo en 1983, canon 1398, quien procure el aborto se verá excomulgado ipso facto. Ahora bien ¿hasta cuándo nos tenemos que retrotraer en el tiempo para averiguar en qué año fue la primera vez que este canon apareció y se mantuvo en el tiempo hasta hoy? La verdad es que es una pregunta difícil, pero sí que puedo afirmar que a la Edad Media no.

 

En la Plena y en la Baja Edad Media castellana nadie era excomulgado por abortar o por ayudar a abortar. Como otros actos relacionados con la sexualidad, se trataba de un pecado grave, con la particularidad de que en un buen número de diócesis sólo podía perdonarlo el obispo o uno de sus enviados, algo bastante problemático.  Además, conservamos testimonios de mujeres que se negaban a dar información a sus vecinas embarazadas y desesperadas sobre cómo abortar.

 

Pero a quienes sí se excomulgaba era a aquellas parejas que vivían juntos pero no se habían desposado o no habían formalizado su matrimonio en la iglesia. Casados que rehacían su vida con otras personas, parejas comprometidas que habían comenzado su convivencia, solteros que no querían pasar por el altar. A ellos hay que añadir los matrimonios incestuosos, familiares dentro del cuarto grado que se habían casado aún no debiéndolo hacer. No obstante no eran estas parejas de pecadores quienes más excomuniones acumulaban, tampoco herejes u otros. Aquellos que atentaban contra el clero o sus bienes eran amenazados en muchas ocasiones o incluso excomulgados. Pero la gran parte de ellos lo eran por no pagar sus deudas a otros particulares, inclusive a personas de otras religiones.

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