Si Arnau levantara la cabeza o ¿qué pensarían en la Edad Media si un alumno se sacara el pene en una clase universitaria?

Para los médicos medievales, tener mucho sexo esclaviza la razón y la anula, por eso quien tiene en sus manos la vida de un paciente ha de mantener a raya las servidumbres que afecten negativamente a su trabajo. Y para Trotula, Arnau o Constantino, grandes médicos de la Edad Media, sacarse el pene en una clase universitaria hubiera sido un claro signo de que ese estudiante de Medicina no tenía mucho futuro entre ellos. El hábito no hace al monje. Ni en la Edad Media ni hoy.

 

El pasado lunes 20 de octubre los alumnos de Medicina de la Universidad de Valladolid, UVa para los amigos, celebraron la festividad de San Lucas. Lo típico de esta fiesta es que los médicos en ciernes vayan a otras facultades para interrumpir las clases e intentar sacar a los estudiantes para que se sumen a la fiesta, por lo general con no mucho éxito. Pero este año uno de los futuros médicos decidió darlo todo en una de las aulas de Empresariales (ahora Comercio) sacándose el pene. Los móviles con cámara y Twitter hicieron el resto para inmortalizarlo.

 

Por lo que se lee en Twitter, si tal “muestra de hombría” no lo hubiera echo un alumno de Medicina, el revuelo sería menor. Ser médico en nuestra sociedad es haber llegado mucho más lejos que el resto de los mortales, y en casi todos los aspectos. Pero para llegar a las aulas de Medicina es el expediente académico de un adolescente lo que ha de rozar la perfección. Sólo el expediente académico, y eso tendemos a olvidarlo. Quienes vayan a entrar en una facultad de Medicina no tienen por qué poseer unas cualidades personales elevadas por encima de la media. Ser inteligente no significa saber comportarse, estudiar medicina no tiene por qué librarte de hacer tonterías como sacarte el pene lascivamente en una clase universitaria en pleno 2014. El hábito no hace al monje y eso ya lo sabían los grandes médicos medievales, motivo por el cual comenzaban muchas de sus obras describiendo qué es lo que hace a alguien ser un buen médico. Curiosamente, entre esas cualidades añadían algunas recomendaciones de carácter sexual.

 

Observación, estudio, no seducir a la mujer del enfermo… para los médicos en la Edad Media cultivar estas capacidades y aptitudes generaba un mayor conocimiento de la enfermedad y una mejora del trato con el enfermo. Pero también se recomendaba al médico que no fuera avaricioso, ni dado a la gula ni a la lujuria. Esto último, que podría parecernos un signo evidente del poder moral de la Iglesia, es realmente un consejo práctico y de origen médico.

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Quitando el cinturón de castidad a la Edad Media

Como mito, el cinturón de castidad medieval nace en el siglo XVIII. Ilustrados como Diderot y Voltaire hicieron referencia al uso de este artilugio en la Edad Media con fines autocomplacientes y autojustificadores. La idea de su existencia pasó a muchos libros de investigadores y divulgadores de finales del XIX y primeras décadas del XX, no tan sólo porque no quisiesen criticar las ideas de Diderot y Voltaire, sino porque encontraban en algunas fuentes medievales fuertes indicios para creer en su existencia.

 

La semana pasada el término cinturón de castidad vivió un aumento significativo en su número de búsquedas en Google. Es decir, que mucha gente se sintió interesada por saber qué era este artilugio y su historia, animada por los hechos acaecidos en Águila Roja. Y aunque Águila Roja sea una ficción ambientada en el siglo XVII, la sabiduría popular dicta que el cinturón de castidad es un invento medieval. Y ahí fue cuando los de A vivir que son dos días me llamaron y pude hablar sobre el tema con Javier del Pino, Javier Cansado (un beso compañero!) y Marisa Toro (programa del día 4-10-2014, sección En construcción, a partir del minuto 18). Desde aquí, mi más sincero agradecimiento:

La charla fue concisa pero breve. Lo básico quedó dicho: ni caballeros, ni damas, ni cruzadas. Pero nunca está de más el saber por qué creemos en este mito sexual del Medievo, sobre todo cuando el libro The medieval chastity belt. A myth-making process, de Albrecht Classen, nos saca de dudas. El autor deja muy claro desde el principio que el uso del cinturón de castidad en la Edad Media es un mito, al menos como método popular para que las mujeres no fueran infieles a sus maridos mientras estos estaban ausentes. Dejando a un lado los graves problemas de salud que acarrearía a una mujer portar uno de estos cinturones para evitar infidelidades, lo cierto es que existían otros métodos mucho más sencillos que pasan desde el miedo a la justicia, las amenazas, el dormir acompañada en la misma cama por una criada, el ir a dormir a casa de la vecina o, como no, la red de vecinos que todo lo ven y todo lo dicen. Por supuesto, no podemos descartar que a alguien se le ocurriera idear el cinturón de castidad y que lo llevara a la practica, pero estaríamos hablando de casos aislados y, no como dicta la sabiduría popular, de una práctica socialmente conocida y extendida.

 
Puesto que la documentación medieval no se hace eco del uso real de este artilugio, no se sabe a ciencia cierta de donde surge la idea de usar un cinturón de castidad para evitar relaciones sexuales indeseadas. Es muy probable que el origen de la idea no esté en contentar a los maridos medievales celosos, sino en las mujeres que tenían miedo de ser agredidas sexualmente. En una sociedad tan machista como la medieval, una mujer violada podía convertirse en una mujer que había provocado y buscado esa relación sexual, pasando de víctima a culpable. La búsqueda de un método eficaz para evitar una violación sigue en pie en nuestros días en lugares donde las agresiones sexuales son una plaga.

 
Como mito, el cinturón de castidad medieval nace en el siglo XVIII. Ilustrados como Diderot y Voltaire hicieron referencia al uso de este artilugio en la Edad Media con fines autocomplacientes y autojustificadores: su siglo, el siglo de las luces, representaba la civilización frente a la barbarie pasada, la época medieval. La idea de su existencia pasó a muchos libros de investigadores y divulgadores de finales del XIX y primeras décadas del XX, no tan sólo porque no quisiesen caer en el mal gusto de criticar las ideas de los ilustres Diderot y Voltaire, sino porque encontraban en algunas fuentes medievales fuertes indicios para creer en su existencia.

 
La primera se encuentra en el Bellifortis, el manual del arte de la guerra de Konrad Kyeser escrito entre 1402 y 1405. No se sabe todavía qué llevó al autor a incluir el cinturón de castidad en su obra. La segunda referencia es la multitud de dibujos y grabados erótico-satíricos de finales del XV y del XVI donde aparecen mujeres portando cinturones de castidad. Y la tercera nos lleva a la Padua de inicios del siglo XV. Su señor, Francisco II de Carrara, obligaba a su mujer y a sus amantes a portar cinturones de castidad para que no mantuvieran relaciones sexuales con otros hombres.

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Machismo (medieval) de ida y vuelta

El machismo golpea a todos, incluido a los hombres y desde hace mucho. Ser hombre en la Castilla de la Edad Media estaba muy bien, aunque no siempre. La sociedad dictaba una masculinidad que era más que problemática. Machismo de ida y de vuelta, pues no sólo hace daño a las mujeres sino también a los hombres.

 

Hace un par de semanas la tranquilidad veraniega, propia del mes de agosto, fue rota por una violación en la ciudad de Málaga. Muy probablemente la falta de noticias propició que del hecho se hicieran eco muchos medios de comunicación; eso y que parecía que se trataba de una violación en grupo y, para mayor oprobio de la supuesta víctima, grabada con un móvil. Las declaraciones del alcalde de Málaga sólo sirvieron para caldear el ambiente, pues en julio habían transcendido a la prensa unas recomendaciones del Ministerio de Interior para la prevención de la violación que rezuman machismo por todos los lados. Mientras los artículos de opinión y las redes sociales ardían, la denuncia de violación fue desestimada y el caso archivado por las imágenes grabadas con el móvil y la declaración de diversos testigos. Y luego vinieron las declaraciones del alcalde de Valladolid. Fue en ese momento cuando el caso se convirtió en una lucha entre géneros: las mujeres apoyaban a la víctima femenina mientras que los hombres hacían lo propio con las masculinas. Fueras a donde fueras, hablaras con quien hablaras, los géneros aparecían divididos, como en el caso de O.J. Simpson pero con machismo en vez de racismo. El machismo no es una lucha de hombres contra mujeres, es bastante más complejo.

 

El machismo es una ideología que crea un mundo donde los hombres hacen y deshacen para su provecho, lo cual determina enormemente las creencias, actitudes y comportamientos con respecto a las mujeres, dejándolas en una posición de debilidad. En la sociedad patriarcal la mujer es el otro por antonomasia, el poseedor de todos los defectos y quien siempre tiene la culpa. Putas y malas. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol. El éxito de la ideología machista es que benefician al 50% de la población… más o menos. Vámonos a nuestra, no tan alejada, Edad Media.

 

No sorprenderé a nadie si digo que muchas mujeres son o pueden llegar a utilizar argumentos machistas. Todos compartimos una misma cultura y, por tanto, unas mismas actitudes heredadas ante ciertos comportamientos, indiferentemente de nuestro género y que pueden ser ejercidas inconscientemente o conscientemente. Pero el machismo golpea a todos, incluido a los hombres y desde hace mucho. Ser hombre en la Castilla medieval estaba muy bien, aunque no siempre. La sociedad dictaba una masculinidad que era más que problemática. Como hombres que se preciaran debían ser muy sexuales, aprovechar todas las ocasiones posibles para mantener relaciones sexuales con el mayor número de mujeres. Mientras, las mujeres debían ser vírgenes, fieles casadas o asexuadas viudas, una norma que los hombres de la familia se encargaban de guardar. La contradicción es clara, no hay mujeres para tanto hombre activo aunque exista la prostitución, básicamente porque los hombres no quieren. Así pues, nos encontramos a muchos jóvenes que se sirven del acoso sexual, de la violación, del adulterio, de las mentiras y de las falsas promesas de matrimonio para tener la vida sexual que se les exige. Esta masculinidad acababa con muchos hombres ante el juez. La violación homosexual masculina no está contemplada, y en el caso de que ocurra es más que probable que ningún hombre decida exponerse de ese modo ante los demás, ante el qué dirán. En esta sociedad no se habla nunca la virginidad masculina, es más, parece no existir. Que se sepa que un hombre es virgen no es sólo una rareza sino hasta sospechoso de algo mucho peor para la masculinidad, la impotencia, y un hombre impotente y casado sólo puede ser una cosa en este imaginario medieval: cornudo. La falta de virilidad masculina es la raíz de todos los insultos sexuales que en el Medievo castellano se pueden decir a un hombre.

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Censura: de la desnudez simbólica a la simple desnudez genital

Iglesia, desnudez, sexualidad, nosotros y la censura. Puesto que nuestro aquí y ahora no suele ser capaz de ver más allá de la sexualidad más genital ante la desnudez humana, tal vez debamos reflexionar sobre quién es el censor.

 

A principios de mayo se inauguró en Aranda de Duero la última edición de Las Edades del Hombre bajo el nombre de Eucharistia. Esta exposición de arte sacro suele atraer a muchas personas cada año por la relevancia de sus piezas. Pero el protagonismo este año se lo ha ganado Astrapo, obra del escultor Víctor Ochoa y que formaba parte de la exposición al aire libre que acompaña al visitante entre las dos sedes de la exposición. Y bien digo acompañaba, puesto que la escultura no duró ni un mes. Si vas al Sonorama no dediques tiempo a buscar la varonil figura desnuda de Astrapo, ahora conocido localmente como el Picha Gorda.

 

El asunto es un poco rocambolesco. Justo antes de que comenzara la exposición, en teoría el Arzobispo de Burgos pidió que la estatua fuera trasladada desde la salida de la exposición a otro sitio. El motivo esgrimido por el arzobispado en una nota de prensa era que entorpecía la salida de la exposición, algo que objetivamente es cierto. Y así fue como Astrapo pasó de estar integrado en la exposición al aire libre a estar aislado, enfrente del ayuntamiento en pleno centro, pero en una zona de copas. Colocar la escultura de un hombre desnudo ahí no es seguro para la integridad de cualquier escultura. Así que Astrapo volvió a su casa tras su aventura arandina.

 

Que Astrapo pagó cara su desnudez ante el Arzobispo de Burgos es algo que la propia institución ha desmentido. Pero una cosa es lo que dice el arzobispado (sea cual sea la verdad) y otra muy diferente lo que ha generado: la desnudez no es agradable a la Iglesia de Burgos. ¿Cómo es posible si la escultura nos retrata como Dios nos trajo al mundo, como él quiso que fuéramos? Iglesia, censura, desnudez, sexualidad y nosotros. Ahí fue cuando recordé a Leo Steinberg y su libro La sexualidad de Cristo en el arte del renacimiento y en el olvido moderno.

 

La bellísima obra de Steinberg pone en relieve algo muy evidente pero que se había eludido. Representaciones del niño Jesús desnudo en situaciones donde su falta de ropa no está justificada; manos y miradas que indican y hasta exponen los genitales del infante; el niño apartándose las ropas y enseñando el pene; posiciones extravagantes; genitales cubiertos por telas tan transparentes que muestran más que ocultan; descendimientos donde la inerte mano de Cristo se posa en su pubis. ¿A qué se debe esto? Durante mucho tiempo la Historia del Arte ha pensado que la desnudez del Niño Jesús y la de los Cristos durante el Renacimiento, se debía a un interés por la anatomía humana. La respuesta no está carente de lógica, pero para el autor no se sustenta ya que en muchas ocasiones esa desnudez no está justificada y, además, a quien están desnudando es a Cristo, lo cual nos acerca a una desnudez simbólica. Que muchos Cristos descendidos y yacentes tengan colocada la mano en la zona genital no se explica sólo como un gesto de pudor, sobre todo cuando tienen el lienzo bien sujeto a las caderas. Finalmente, no estamos hablando de obras minoritarias o de autores menores e irreverentes, todo lo contrario.

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De la falta de higiene al gozo acuático y sexual: bañarse en la Edad Media

Nula higiene, baños prohibidos por la moral sexual eclesiástica y cristianos que acatan por completo las normas que dicta la Iglesia. Pero la documentación nos dice que todo esto no son más que mitos. La relación entre sexualidad y baños en el Medievo castellano no es la que decía mi guía turístico, la de un mundo sexualmente oscuro y cohibido.

 

Hace unos meses me llevaron de excursión a Toledo para ver la exposición de El Greco. Como se trataba de un viaje organizado, un guía local nos explicó la ciudad. Y mientras observábamos embelesados la ciudad bañada por el Tajo desde el otro lado del río, escuché lo siguiente: “en la Edad Media los cristianos no se bañaban porque la Iglesia lo veía pecaminoso“. Debido a la impresión que me produjo escuchar esto y recordar que tras su conquista Toledo tuvo más de una docena de baños públicos funcionando en la Edad Media, apenas escuché la explicación del guía, aunque algo dijo de que el problema moral radicaba en la desnudez del cuerpo a la hora de tomar el baño. Amigo Sancho, (dicen que) con la Iglesia hemos topado.

 
La relación entre cuerpo y sexualidad e incluso afinando más, entre cuerpo, desnudez y sexualidad, no nos es ajena. A la Iglesia medieval tampoco. Pero aunque condene la visión de los cuerpos desnudos porque es una de las múltiples formas de las que surge el deseo sexual, es más que difícil encontrar en un confesional o en un catecismo castellano medieval la prohibición del uso de los baños públicos. Y aunque la halláramos, sólo la nefanda mitología que el mundo contemporáneo ha construido en torno a la Edad Media, nos permitiría creer que lo que prohibía la Iglesia era repudiado inmediatamente y en bloque por todos los cristianos.

 
Salgamos de Toledo, ciudad de las tres culturas, en busca de baños construidos por cristianos en Castilla. En el año 893 Zamora es repoblada con cristianos venidos de Al-Andalus y reconstruida, dotándose entre otras cosas de unos baños. El dinero que se obtiene de la explotación de estos establecimientos va a parar a las arcas de la catedral de Oviedo. A mediados del XI lo mismo pasa en Burgos: sus baños sirven para pagar la iluminación de la catedral. Desde inicios del siglo XII Valladolid tiene unos baños públicos situados en la zona del Alcázar, y según Magdalena Santo Tomás Pérez en su obra Los baños públicos en Valladolid. Agua, higiene y salud en el Valladolid medieval, no tardará en tener otros situados en pleno centro, al lado de la iglesia de La Antigua y que permanecerían abiertos hasta finalizar la Edad Media. Los de Santa Clara de Tordesillas fueron construidos hacia 1340 y formaban parte del complejo palaciego que Alfonso XI construyó para su amante Leonor de Guzman y que acabarían integrados en un monasterio femenino. Mientras, en esa misma primera mitad del siglo XIV León se dotaba de unos nuevos baños, gracias en parte a la colaboración de la catedral. Como se puede observar, la higiene corporal era bastante practicada en los baños públicos (y también en privado), y no debía ser muy problemática para la Iglesia si participaba en la construcción y explotación de estos establecimientos.

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Tiempo y espacio de adulterio

Ya fuesen hombres y/o mujeres casados con sus amantes, en el sur de Francia la pena más común por adulterio en el siglo XIII era el paseo infamante: recorrer desnudos la ciudad, tal vez siendo golpeados y atados por los genitales. Pero en el siglo XIV ya nos encontramos con la posibilidad de cambiar este paseo por una pena pecuniaria. ¿Y qué pasaba mientras tanto en la Península Ibérica?

 

Hace cosa de 10 días muchos amigos (muchas gracias!) me mandaron información sobre una exposición que se puede ver hasta el 9 de noviembre en la parisina torre Jean sans Peur. Los titulares no dejaban lugar a dudas sobre la temática: “El verdadero sexo en la Edad Media“, “Tríos, prostitución y sacerdotes: una exposición desmonta los mitos del sexo en la Edad Media“. ¿Qué decir? Que París bien vale una exposición, o que la exposición L’amour au Moyen Âge bien vale un viaje a París.

 

Es sorprendente la cantidad de personas que compartieron la noticia en las redes sociales (según la web de 20minutos 8710 en Facebook, 1346 en Twitter) y no es de extrañar. La nota de prensa elaborada por los organizadores de la exposición (de la que beben las noticias que se pueden leer en castellano) ha sabido desmontar de un plumazo esa creída sexualidad medieval rancia, triste, oscura y con olor a incienso que poco o nada tiene que ver con la realidad. Y es que como bien dice la responsable de comunicación “la Edad Media es un periodo muy desconocido por su larga extensión“.

 

Muy extensa en el tiempo y, para mayores complicaciones, en un espacio más fragmentado que el actual, lo que hace difícil formular ideas generales sobre la Edad Media aunque queramos. Por eso para mí significó un gran toque de atención uno de los comentarios sobre el adulterio: “si la esposa cometía adulterio, recibía una multa o más raramente castigos corporales” (Si l’épouse commet l’adultère, elle reçoit une amende ou plus rarement des châtiments corporel). Esta afirmación en la Castilla bajomedieval sería muy discutible (la condena, no quien la sufre), pero hay que recordar que no es lo mismo una exposición sobre la Francia plenomedieval que sobre la  Castilla de finales del Medievo, o al menos en lo que a leyes contra el adulterio se refiere. Pongamos como ejemplo el siglo XIII. Leah Otis-Cour nos cuenta en su Historia de la pareja en la Edad Media que en algunas ciudades francesas como por ejemplo Lezat, Pamiers y Manosque, las leyes penalizaban el adulterio tanto si lo cometía una mujer casada como un hombre casado. Pero parece que la realidad distaba mucho de lo que dictaban las normativas y no se procesaba a los hombres casados por adulterio. La realidad social era claramente beneficiosa para el hombre. En Toulouse durante toda la segunda mitad del siglo XIII las leyes afirmaban que, pese a las protestas de la Corona, un hombre casado no podía ser detenido por adulterio si era sorprendido en su casa o en una alquilada por él, lo cual indica que desde la corte real se estaba presionando para que los hombres también cumplieran penas por adulterio.

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Reyes versus sexo: santos y reinos perdidos

El trabajo de rey es complicado, siempre está expuesto a críticas presentes o futuras y se le exige dar su vida por el reino. Como Fernando el Católico, ejemplo de ejemplos al morir en acto de servicio. Tras enviudar de Isabel la Católica, Fernando casó con Germana de Foix. Sus esfuerzos por tener descendencia conjunta acabaron con Fernando.

 

Cuando hace casi dos semanas leí en la prensa que la infanta Leonor recibiría instrucción militar como parte de su formación como heredera de la corona española, pensé en Lucas de Tuy. El Tudense es conocido por su obra Chronicon mundi, una crónica al uso pero con la característica de que su objetivo no es sólo narrar los hechos de reyes pasados, sino de que sus vidas sirvan como ejemplo de buen o mal comportamiento para futuros monarcas. El estudio del pasado siempre ha servido para no cometer los mismos errores, incluidos los unidos al comportamiento humano. Y en cuestiones sexuales el sexo ha encumbrado, pero también ha despeñado, a monarcas visigodos, asturianos, leoneses y castellanos durante la Edad Media para ejemplo de sus sucesores. Aquí está nuestra edificante selección, útil tanto para nobles como para plebeyos.

 
El primero es Rodrigo, último rey visigodo (710-711). Su corto reinado está marcado por la violencia y las facciones para acceder al trono, las cuales acabaron con la irrupción de los musulmanes en el suelo peninsular. Pero la leyenda, nacida en la Edad Media, cuenta que Rodrigo perdió la Hispania visigoda debido a sus impulsos sexuales: al violar a la hija de Don Julian, conde de Ceuta, este decide vengarse, ayudando a cruzar el estrecho a las tropas musulmanas. Resultado final de la leyenda: Rodrigo pierde el trono y el reino visigodo desaparece por una violación.

 
Alfonso II de Asturias gozó de un largo y próspero reinado (791-842). Aún con problemas, supo mantenerse en el trono, expandir las fronteras de su reino y durante su gobierno la tumba de Santiago fue descubierta. Pero tal vez sea más conocido por su apodo, el Casto. Según todas las crónicas, nunca mantuvo relaciones sexuales con su esposa, es más, no se le conoce descendencia alguna, ni legítima ni ilegítima. Ya fuese asexual, homosexual o impotente, lo cierto es que él o los cronistas supieron gestionar su castidad de manera beneficiosa para la posterioridad.

 
Proclive a los amores con mujeres de otra religión fue Alfonso VIII de Castilla (1158-1214). La leyenda cuenta que durante siete años o siete meses, el rey estuvo encerrado con su amante judía hasta que esta fue asesinada, olvidándose no solo de que era un hombre casado sino de que tenía un reino que gobernar. Según algunos moralistas medievales, Alfonso VIII perdió la batalla de Alarcos como castigo divino por tener como amante a una mujer de otra religión, algo que socialmente no era problemático al ser él un hombre. No obstante, 17 años después recuperaría lo perdido con creces en la batalla de las Navas de Tolosa, aunque quienes lo juzgaron lo olviden por completo.

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Insultos en el Twitter, realidades en la Historia

Puta, rocina, enceguladora, fodido, fududinculo… Desde la Plena Edad Media nos encontramos una y otra vez con los mismos insultos en la documentación. La mayoría de ellos son de carácter sexual,  tildando a las mujeres de putas y a los hombres de jodidos, o lo que traducido al castellano actual sería puta y maricón.

 

Hace un par de semanas, un artículo de opinión de El Periódico me llamó la atención. En él, la periodista Ana Pastor contaba su experiencia como usuaria de Twitter, una experiencia más amarga que constructiva. El inicio de su artículo eran un variado racimo de insultos y algunas amenazas dirigidos a su persona. Bueno, no tan variado, porque de los once que mostraba, cinco eran de índole sexual: puta, hija de la grandísima puta, zorra, cerda, solicito permiso para meterte en un campo de concentración en el ala de violadores inmigrantes. Primer paralelismo el día entre la actualidad y el Medievo: desde la Edad Media nuestra forma de insultar no ha cambiado y, por tanto, su relación con la sexualidad.

 

Puta, rocina, enceguladora, fodido, fududinculo… Desde la Plena Edad Media nos encontramos una y otra vez con los mismos insultos en la documentación. La mayoría de ellos son de carácter sexual,  tildando a las mujeres de putas y a los hombres de jodidos, o lo que traducido al castellano actual sería puta y maricón. Tanto ayer como hoy, estos insultos basan su fuerza en indicar que las mujeres son promiscuas y los hombres poco viriles, es decir, en atacar los ideales de sexualidad femenina y masculina que la sociedad lleva siglos asignando: por un lado mujeres castas, recatadas y asexuales, por el otro hombres viriles, penetradores, sexuales. Desde el siglo XII en la Castilla medieval, si se podía demostrar con testigos que tales palabras insultantes habían sido pronunciadas, se denunciaban los hechos, se iba ante el juez y este, con la ley en la mano, solía imponer una multa y obligar al denunciado a retractarse de sus palabras.

 

Pero las palabras de Ana Pastor, un impecable relato de su experiencia y sensaciones con Twitter, no era una forma de liberarse  de su dolor o de denunciar los hechos acaecidos. Su objetivo era mostrar lo irónico que resultaba que el ministro del Interior anunciara que había que investigar Twitter porque es un lugar “donde se insulta y amenaza“, y que se diera cuenta sólo cuando la red social se hacía eco de la muerte de la presidenta de la Diputación de León. El caso de Ana Pastor, que denunció los insultos y amenazas y la Justicia determinó que no eran delito, es uno de entre otros muchos. Segundo paralelismo del día entre realidad y Medievo: “debe ser que no todos somos iguales“.

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