Aborto: el futuro de un pasado II

El honor, como esta ley, es misógino, hipócrita y poco cristiano. Esta claro que no debería contentar a quienes, parece, ha de contentar: la Iglesia y los grupos pro-vida. ¿A quién contenta entonces? Detrás de la lógica del honor siempre hay miedo e inseguridad, odio, necesidad de sentirse superior, vencedores y vencidos al fin y al cabo. Esta ley sólo contenta a quienes necesitan dominar para demostrar, para ocultar o para sentirse al fin algo.

 

Casi tres semanas después de que se conociera el anteproyecto de la nueva ley del aborto, la polémica continúa. Pero esta vez la falta de consenso dentro del Partido Popular nos hacen reflexionar sobre qué busca realmente la ley, a quién beneficia. Muchos han sido los columnistas y contertulios que han intentado esclarecer el por qué de esta ley. Uno de los más sonados ha sido Juan José Millás, tanto en su artículo de El País como en su espacio de Hoy por hoy de la cadena Ser:

 

Como muchos de nosotros, Juan José Millás busca respuestas a la nueva ley del aborto. Reconozco que es atractivo pensar que esta actuación del ministro de justicia sólo se puede explicar por la psicopatología (“lo de Gallardón solo de puede explicar desde la psicopatología… desde la política, desde la ideología es inexplicable“) pero opino que tal razonamiento es injusto para las personas que sí tienen un problema mental. Injusto pero también vacío. Hoy en día cuando las acciones de una persona son incomprensibles para el resto, decimos que está psíquicamente enfermo; en la Edad Media le echaban la culpa al diablo. Pero ni el diablo ni la enfermedad, la Historia de la Sexualidad explica bastante bien de dónde viene la nueva ley del aborto y adonde va.

 

Alberto Ruiz-Gallardón quiere gobernar en los úteros españoles en palabras de Juan José Millás; la mujer como ganado doméstico y Gallardón como pastor de úteros. No es la primera vez en nuestra cultura que el interior del útero femenino no pertenece a la mujer. En la Roma clásica una mujer casada no podía abortar sin el consentimiento de su marido, ya que la patria potestas permitía a este decidir sobre la vida o la muerte de sus hijos, nacidos o no. Aunque el no nacido tuviese derechos (estaba prohibido el entierro de una mujer embarazada antes de extraer el feto así como aplicarla la pena capital antes de que diera a luz), en el Imperio Romano pagano la restricción del aborto no era una consecuencia de la necesidad de protección legal del que estaba por nacer, y si de la de hacer patentes los derechos de un tercero. Ayer los del Pater familias; hoy los del Estado.

 

La ley es contradictoria ¿por qué? En una norma que aspira a defender los derechos del no nacido, es ilógico permitir también la interrupción del embarazo fruto de una violación. Pero si se permite abortar alegando daño psicológico, es redundante diferenciar el supuesto antes mencionado, aunque su camino burocrático y administrativo sea diferente; parece que la violación no es un daño psicológico para la mujer sino otra cosa. En la Plena y Baja Edad Media castellana la unión entre violencia sexual y deshonra, infamia, vergüenza es muy estrecha, así como la nula relación entre sufrimiento y violación. Como en muchas normas medievales y no medievales, quienes escriben la ley se olvidan del dolor, o al menos del dolor de las mujeres para centrarse en el de otras personas. Me refiero al daño provocado al honor, como ocurría en la Edad Media.

 

Desde el Medievo hasta no hace muchos años, el honor se centraba en la mujer y su sexualidad: la mayor o menor honradez de una familia dependía mayoritariamente del buen comportamiento sexual de sus integrantes femeninas. En la Edad Media las leyes no contemplaban que un desliz o una violación dañasen a la mujer, sino a los hombres de su familia; por eso se las violaba, se las insultaba y se las controlaba. Es evidente que es un sistema social misógino, donde las mujeres o son/eran correctas o son/eran putas, lascivas, tontas, dominadas por sus impulsos, perpetuas menores de edad… y por eso su sufrimiento nunca contaba porque eran miembros de segunda, eran mujeres. Ante una violación, el honor jugaba un papel crucial en algunas normas legales de la Plena Edad Media: la mujer violada debía presentarse en un espacio público gritando, descubriéndose el pelo, tirándose por el suelo para demostrar que había sido violada. Debía hacer público su dolor con gestos que la deshonraban para que fuera creída; debía rebajarse para que los demás creyesen que en verdad había sido violada. Daño sobre daño. Hoy el señor Gallardón cambia el espacio público medieval por consultas de médicos de cabecera, jueces, psiquiatras, ginecólogos, asistentes sociales… y la humillación por diversos informes, charlas y valoraciones psíquicas. La demostración pública del dolor sigue ahí ¿para qué?

 

Por ocultar su honor mancillado, muchas mujeres recurrían al aborto en la Edad Media; por ser mejor considerados, muchos hombres eran acosadores sexuales o recurrían a la violencia ante cualquier posible afrenta. La Iglesia siempre vio con recelo al honor, porque hacía pecar gravemente y porque era su más directo competidor al ofrecer un sistema de valores alternativo más atractivo. El honor, como esta ley, es misógino, hipócrita y poco cristiano. Esta claro que no debería contentar a quienes, parece, ha de contentar: la Iglesia y los grupos pro-vida. ¿A quién contenta entonces? Detrás de la lógica del honor siempre hay miedo e inseguridad, odio, necesidad de sentirse superior, vencedores y vencidos al fin y al cabo. Esta ley sólo contenta a quienes necesitan dominar para demostrar, para ocultar o para sentirse al fin algo; a quienes, a costa de su alma y ética, deciden imponer sus intereses propios, su victoria. Pero en este caso una victoria pírrica. La Historia nos enseña que las leyes no siempre tienen por qué servir a toda la sociedad, sino al que las hace.

© Sexomedieval 2014

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