Sexo en la Antiguedad, Sexo en la Edad Media: el podcast

Salud e graçia!

 
Mi más sincera bienvenida para aquellos que han llegado a este blog de Historia de la sexualidad en la Edad Media a través de Cuadernos de Bitácora. Para aquellos que no lo sepan, Carlos Ruiz y el resto de amigos de Cuadernos de Bitácora fueron muy amables, y a la vez muy curiosos, al dedicar un podcast a la sexualidad en la Historia, exactamente en el mundo antiguo y medieval (muchas gracias a todos!) Para mí era muy importante que en ese viaje en el tiempo me acompañara Ignacio Monzón (Gratias ago!) por dos motivos. El primero, porque entre los dos abarcábamos un período de tiempo que ha sido bastante mitificado a nivel sexual: ni en la Antigua Roma eran tan liberales ni en la Edad Media eran tan castos. Y segundo, porque tendemos a olvidar que todo, absolutamente todo, tiene un pasado; y eso incluye a las ideas, los comportamientos, las actitudes. La Edad Media es heredera de Roma, y a la vez nosotros somos herederos del medievo. También a nivel sexual.

 
En este podcast os encontrareis muchas cosas sobre la sexualidad en la Edad Antigua y Medieval: cómo se entendía la moral sexual, roles sexuales, qué se podía hacer a nivel sexual y qué no, orígenes de la moral sexual cristiana, anticonceptivos, algo de moral sexual islámica, aborto e infanticidio, sexo anal como método anticonceptivo, usos de la alimentación para aumentar la líbido o para disminuirla, conocimientos anatómicos y científicos sobre el placer, masturbación, juguetes sexuales, la necesidad de controlar la sexualidad femenina, sexo oral, homosexualidad, la sexualidad del clero, el honor, pecados sexuales, el origen de mitos como el del cinturón de castidad o el derecho de pernada, pornografía, existencia y cumplimiento de las normas sexuales, enfermedades venéreas, sexo entre personas de diferente religión…

 

 

 

http://cuadernosdebitacora.com/sexoantiguedad

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Alcahuetas, hechiceras y velas: más magia sexual en la Edad Media

165.000€. Es lo que la pitonisa Lucía Martín cobró por un remedio de amor al empresario José Laparra, expresidente del C.D. Castellón. Como muchos sabréis la pócima no funcionó (o Laparra no supo realizar bien el ritual), y como Lucía Martín se comprometía a devolver el dinero si sus conjuros no funcionaban, José Laparra se presentó en la casa de ella en Magallón (Zaragoza) a por su dinero. El resto de la historia es carne de juzgado: supuesto delito de allanamiento de morada, supuesto delito fiscal… No obstante, cuando encontré la fórmula del remedio de amor para el ritual que debía llevar a cabo el expresidente del Castellón, mi vena de especialista en sexualidad medieval se desató: ¡en la Edad Media éramos mucho más originales! ¡Lo hacíamos mejor! ¡Nos lo montábamos mejor!

 
Para empezar, algunas de nuestras hechiceras más solventes se dedicaban no sólo a la magia sino a la alcahuetería. Trotaconventos, la alcahueta de El libro de Buen Amor, consigue que en un principio una inalcanzable muchacha se pliegue finalmente a todos los deseos del arcipreste, tal vez gracias a la magia como sospechaba Juan Ruiz. Y es que cuando las palabras dulces, los halagos, las promesas, los regalos… no sirven, la alcahueta se ve obligada a sacar el armamento pesado, la magia. Además, no pierde clientes. Lo mismo le ocurre a Celestina, alma mater de la Tragicomedia de Calixto y Melibea, obligada a conjurar al demonio para hechizar una tela que regala a la inexpugnable Melibea. Llegados a este punto el lector me podrá criticar que Celestina y Trotaconventos pertenecen al mundo de la literatura, y que por tanto sus remedios funcionan porque el autor así lo quiere. Cierto, es verdad, pero no olvidemos que Trotaconventos y Celestina se dedican a algo económicamente más seguro y viable que la magia, la alcahuetería. Y que los testigos presentados ante la inquisición en procesos de hechicería a los que ya dedicamos un post, hablan tanto de los remedios que funcionaron como de los que no tuvieron resultado alguno. Estos últimos clientes, al igual que Laparra, no dudaron en reclamar a la hechicera el dinero que habían invertido en el remedio amoroso… porque en la Edad Media ya existía el pago por adelantado. Pero estas mujeres que se dedicaban a comercializar con conjuros tenían respuestas bastante elocuentes para explicar el supuesto fracaso de sus remedios. La primera excusa que daban era que a la magia hay que darla tiempo. La segunda es que la persona a la que se quiere enamorar ha sido hechizada antes por una tercera persona y claro, se necesita un conjuro mucho más poderoso para lograr el objetivo. Pura y dura elocuencia.

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Guía de la buena esposa… medieval

Hace un par de semanas un post de uno de los blogs de El País (Blog Eros) levantaba mucha polémica, tanto es así que las innumerables muestras de desacuerdo por parte de los internautas con lo ahí escrito forzaron una respuesta por parte del defensor del lector. Lo escrito por Venus O’Hara, la autora del post, recibió un aluvión de críticas aunque el escrito no reflejase su opinión, sino que aportaba un texto de una escuela on-line de esposas para reflexionar sobre él: la mera existencia de esta escuela, la utilidad de los consejos que daba, quién los daba y para qué… El texto de la polémica, sacado de esa escuela para esposas, tiene el expresivo título “doce pasos para proteger tu matrimonio de la infidelidad“. Dicho de otro modo, cómo hacer para que tu marido te sea fiel. Muchos de esos consejos tiene que ver con la sexualidad (no descuides tu físico, se sexy en el vestir, ten todos los días algo de intimidad sexual con él, hazle sentirse deseado…)  lo cual, cómo no, me hace reflexionar históricamente sobre la infidelidad y los consejos sexuales para prevenirla.

 
No es algo excepcional encontrar textos que evoquen la infidelidad en la Edad Media. El ser infiel es una realidad desde que existe la pareja monógama. En el Medievo castellano esto se traduce en múltiples textos donde se nos cuenta cómo un marido abandona su hogar y se casa en otro sitio, o que decide separarse de su mujer y empezar una nueva convivencia con su amante en la misma población; mientras, ellas intentan evitar esos desenlaces recurriendo a la magia, como ya hemos contado en un post anterior. Pero también las mujeres son infieles a sus maridos, llegando a huir con sus amantes.

 
En la Castilla medieval, las mujeres se preocupaban mucho con la sola idea de que su marido le fuera infiel. Dejando a un lado los sentimientos, una infidelidad a corto plazo significaba discusiones, malas palabras, malos tratos… y a la larga el abandono y, por tanto, la pobreza. Ante este panorama lo más seguro es que existiesen toda una serie de consejos (entre ellos sexuales) para evitar que el marido fuese infiel, y que se transmitían de madres a hijas o entre amigas, vecinas o familiares. Pero no nos han llegado por escrito. No obstante, el problema principal de estas mujeres no era que sus maridos las fuesen infieles, sino que estos sospecharan que ellas eran las infieles: el adulterio femenino, al contrario que el masculino, estaba penado hasta con la muerte, y no era raro que las simples sospechas hicieran a más de uno tomarse la justicia por su mano, poner una denuncia o dar una paliza a su mujer. Y estos consejos para que una mujer evite que su marido piense no ya que es infiel, sino que puede caer en el adulterio, sí nos han llegado por escrito y en numerosas ocasiones.

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Magia sexual en la Edad Media

Hace un par de semanas alguien dejó en mi buzón de casa un pequeño anuncio. En él un vidente ofrecía sus servicios, los cuales iban bastante más allá de la clásica lectura del futuro: ayuda a mejorar en los negocios y en el trabajo; recuperación de la pareja con inseparable atracción, incluso en los casos más difíciles; devolver el amor perdido o atraer a la persona querida con fuertes amarres; solución de diversos problemas familiares, judiciales o de impotencia sexual; y finalmente un clásico castellano ya perdido, la limpieza del mal de ojo. Bueno, lo ofrecido no es nada raro porque el amor, el sexo, la mala suerte y el dinero forman buena parte de nuestros quebraderos de cabeza. Pero lo que me llamó la atención fue que la mayor parte de los servicios propuestos tenían que ver con el amor y, por extensión en nuestra sociedad, con el sexo. Curiosamente, este anuncio lo hubiera podido dejar en mi buzón una hechicera de finales del XV y de la primera mitad del XVI, o incluso una cronológicamente más medieval, de finales del XII.

 
La magia amatoria y sexual en la Edad Media es un tema muy interesante y que, como hoy, nos muestra cuáles eran las preocupaciones de las personas que recurrieron a esta manera de solucionar sus problemas o de cumplir sus deseos. A nivel sexual y/o amoroso el por qué de sus aflicciones eran los mismos que los nuestros: pérdida de la pareja, no ser correspondidos, impotencia. Ahora bien, el motivo por el cual esto representaba un problema o no les permitía alcanzar la felicidad difiere del nuestro.

 
La mayoría de las hechiceras castellanas procesadas por tribunales de la inquisición en la primera mitad del XVI, atienden a muchas mujeres casadas cuyos maridos han desaparecido o se han ido a trabajar fuera. Las preguntas de estas mujeres giran en torno a si el cónyuge está vivo y si está viviendo con otra (mancebía). La primera cuestión la suelen formular no sólo mujeres abandonadas, sino también aquellas que al verse solas y con problemas para sustentarse, se han visto obligadas a buscarse otra pareja que las ayude económicamente. En este último caso la vuelta del marido desaparecido significaría ser denunciada ante las autoridades por adúltera, y ese es el peor delito que podía cometer una mujer. Si se sabe que el marido está vivo el problema es saber si este iniciado una nueva relación, motivo por el cual nunca volverá al hogar familiar y la mujer se verá abocada a la soledad y a la pobreza, viuda de un marido vivo. Para evitar este final, las hechiceras ofrecen lo que el vidente de mi barrio anuncia como “inseparable atracción” o “amarres fuertes”: hechizos para que los maridos no las olviden o no se vayan con otras. El otro remedio mágico es hacerlos volver a casa. Pero cualquiera con dinero puede recurrir a la magia, y no es raro que las hechiceras se vean obligadas a disolver los amarres mágicos creados por otras colegas para que esos hombres no abandonen a sus nuevas esposas o amantes. Y es que otra problemática al que se enfrentan las mujeres en la Edad Media es que sus maridos las engañen de manera habitual. Las hechiceras sirven en este caso para destruir estas relaciones extramaritales. También parece que entre estas solicitantes de hechizos hay prostitutas que desean fidelizar fuertemente a su clientela.

 
En los casos más extremos encontramos mujeres solteras cuyos amantes las han abandonado para casarse con otras. Hay ejemplos de esto mismo en los fueros extensos del siglo XII y en las Cantigas de Santa Maria del siglo XIII. Por lo general buscan que su amante vuelva a ellas mediante hechizos que le impidan mantener relaciones sexuales con su legítima esposa. De ahí que cuando un hombre es impotente en la Edad Media se cree que está hechizado. En otros casos la necesidad de amarrar al hombre es mas acuciante porque la mujer está embarazada o a tenido un hijo de él.

 
En estos procesos inquisitoriales también aparecen hombres, tanto hechiceros como clientes, pero su objetivo no suele ser la estabilidad marital (aunque alguno hay que pide hechizos para que su mujer no les abandone o para que la paz reine en su casa) sino el sexo por el sexo. Son hombres que proporcionan o desean mantener relaciones sexuales con mujeres sin que los maridos o familiares de ellas se enteren. Algunas mujeres también piden esto mismo a las hechiceras femeninas, remedios para engañar a sus maridos y que estos nunca lo sepan; en este caso lo que las mueve no es tanto el placer sexual sino la venganza por los maltratos que sufren.

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