Quitando el cinturón de castidad a la Edad Media

Como mito, el cinturón de castidad medieval nace en el siglo XVIII. Ilustrados como Diderot y Voltaire hicieron referencia al uso de este artilugio en la Edad Media con fines autocomplacientes y autojustificadores. La idea de su existencia pasó a muchos libros de investigadores y divulgadores de finales del XIX y primeras décadas del XX, no tan sólo porque no quisiesen criticar las ideas de Diderot y Voltaire, sino porque encontraban en algunas fuentes medievales fuertes indicios para creer en su existencia.

 

La semana pasada el término cinturón de castidad vivió un aumento significativo en su número de búsquedas en Google. Es decir, que mucha gente se sintió interesada por saber qué era este artilugio y su historia, animada por los hechos acaecidos en Águila Roja. Y aunque Águila Roja sea una ficción ambientada en el siglo XVII, la sabiduría popular dicta que el cinturón de castidad es un invento medieval. Y ahí fue cuando los de A vivir que son dos días me llamaron y pude hablar sobre el tema con Javier del Pino, Javier Cansado (un beso compañero!) y Marisa Toro (programa del día 4-10-2014, sección En construcción, a partir del minuto 18). Desde aquí, mi más sincero agradecimiento:

La charla fue concisa pero breve. Lo básico quedó dicho: ni caballeros, ni damas, ni cruzadas. Pero nunca está de más el saber por qué creemos en este mito sexual del Medievo, sobre todo cuando el libro The medieval chastity belt. A myth-making process, de Albrecht Classen, nos saca de dudas. El autor deja muy claro desde el principio que el uso del cinturón de castidad en la Edad Media es un mito, al menos como método popular para que las mujeres no fueran infieles a sus maridos mientras estos estaban ausentes. Dejando a un lado los graves problemas de salud que acarrearía a una mujer portar uno de estos cinturones para evitar infidelidades, lo cierto es que existían otros métodos mucho más sencillos que pasan desde el miedo a la justicia, las amenazas, el dormir acompañada en la misma cama por una criada, el ir a dormir a casa de la vecina o, como no, la red de vecinos que todo lo ven y todo lo dicen. Por supuesto, no podemos descartar que a alguien se le ocurriera idear el cinturón de castidad y que lo llevara a la practica, pero estaríamos hablando de casos aislados y, no como dicta la sabiduría popular, de una práctica socialmente conocida y extendida.

 
Puesto que la documentación medieval no se hace eco del uso real de este artilugio, no se sabe a ciencia cierta de donde surge la idea de usar un cinturón de castidad para evitar relaciones sexuales indeseadas. Es muy probable que el origen de la idea no esté en contentar a los maridos medievales celosos, sino en las mujeres que tenían miedo de ser agredidas sexualmente. En una sociedad tan machista como la medieval, una mujer violada podía convertirse en una mujer que había provocado y buscado esa relación sexual, pasando de víctima a culpable. La búsqueda de un método eficaz para evitar una violación sigue en pie en nuestros días en lugares donde las agresiones sexuales son una plaga.

 
Como mito, el cinturón de castidad medieval nace en el siglo XVIII. Ilustrados como Diderot y Voltaire hicieron referencia al uso de este artilugio en la Edad Media con fines autocomplacientes y autojustificadores: su siglo, el siglo de las luces, representaba la civilización frente a la barbarie pasada, la época medieval. La idea de su existencia pasó a muchos libros de investigadores y divulgadores de finales del XIX y primeras décadas del XX, no tan sólo porque no quisiesen caer en el mal gusto de criticar las ideas de los ilustres Diderot y Voltaire, sino porque encontraban en algunas fuentes medievales fuertes indicios para creer en su existencia.

 
La primera se encuentra en el Bellifortis, el manual del arte de la guerra de Konrad Kyeser escrito entre 1402 y 1405. No se sabe todavía qué llevó al autor a incluir el cinturón de castidad en su obra. La segunda referencia es la multitud de dibujos y grabados erótico-satíricos de finales del XV y del XVI donde aparecen mujeres portando cinturones de castidad. Y la tercera nos lleva a la Padua de inicios del siglo XV. Su señor, Francisco II de Carrara, obligaba a su mujer y a sus amantes a portar cinturones de castidad para que no mantuvieran relaciones sexuales con otros hombres.

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Reyes versus sexo: santos y reinos perdidos

El trabajo de rey es complicado, siempre está expuesto a críticas presentes o futuras y se le exige dar su vida por el reino. Como Fernando el Católico, ejemplo de ejemplos al morir en acto de servicio. Tras enviudar de Isabel la Católica, Fernando casó con Germana de Foix. Sus esfuerzos por tener descendencia conjunta acabaron con Fernando.

 

Cuando hace casi dos semanas leí en la prensa que la infanta Leonor recibiría instrucción militar como parte de su formación como heredera de la corona española, pensé en Lucas de Tuy. El Tudense es conocido por su obra Chronicon mundi, una crónica al uso pero con la característica de que su objetivo no es sólo narrar los hechos de reyes pasados, sino de que sus vidas sirvan como ejemplo de buen o mal comportamiento para futuros monarcas. El estudio del pasado siempre ha servido para no cometer los mismos errores, incluidos los unidos al comportamiento humano. Y en cuestiones sexuales el sexo ha encumbrado, pero también ha despeñado, a monarcas visigodos, asturianos, leoneses y castellanos durante la Edad Media para ejemplo de sus sucesores. Aquí está nuestra edificante selección, útil tanto para nobles como para plebeyos.

 
El primero es Rodrigo, último rey visigodo (710-711). Su corto reinado está marcado por la violencia y las facciones para acceder al trono, las cuales acabaron con la irrupción de los musulmanes en el suelo peninsular. Pero la leyenda, nacida en la Edad Media, cuenta que Rodrigo perdió la Hispania visigoda debido a sus impulsos sexuales: al violar a la hija de Don Julian, conde de Ceuta, este decide vengarse, ayudando a cruzar el estrecho a las tropas musulmanas. Resultado final de la leyenda: Rodrigo pierde el trono y el reino visigodo desaparece por una violación.

 
Alfonso II de Asturias gozó de un largo y próspero reinado (791-842). Aún con problemas, supo mantenerse en el trono, expandir las fronteras de su reino y durante su gobierno la tumba de Santiago fue descubierta. Pero tal vez sea más conocido por su apodo, el Casto. Según todas las crónicas, nunca mantuvo relaciones sexuales con su esposa, es más, no se le conoce descendencia alguna, ni legítima ni ilegítima. Ya fuese asexual, homosexual o impotente, lo cierto es que él o los cronistas supieron gestionar su castidad de manera beneficiosa para la posterioridad.

 
Proclive a los amores con mujeres de otra religión fue Alfonso VIII de Castilla (1158-1214). La leyenda cuenta que durante siete años o siete meses, el rey estuvo encerrado con su amante judía hasta que esta fue asesinada, olvidándose no solo de que era un hombre casado sino de que tenía un reino que gobernar. Según algunos moralistas medievales, Alfonso VIII perdió la batalla de Alarcos como castigo divino por tener como amante a una mujer de otra religión, algo que socialmente no era problemático al ser él un hombre. No obstante, 17 años después recuperaría lo perdido con creces en la batalla de las Navas de Tolosa, aunque quienes lo juzgaron lo olviden por completo.

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Violento silencio de la prostitución

Marginadas y silenciadas, así era como vivían las prostitutas en la Plena y Baja Edad Media castellana. Eran útiles a la sociedad porque evitaban que las mujeres buenas fuesen seducidas; pero a la vez eran rechazadas por ser trabajadoras del sexo, por ser promiscuas, una característica sólo valiosa para los hombres porque remarcaba (y remarca) su virilidad. Las agresiones que vivían, salvo cuando sufrían una muerte violenta, no solían ser escuchadas.

 

Esta semana la hemos iniciado con una noticia de la agencia Europa Press que ha tenido eco en numerosos medios nacionales e internacionales: “El gobierno precisa que asesinar a una prostituta no es violencia de género“. Todo empieza a finales de octubre de 2013, cuando una joven prostituta apareció muerta en Melilla junto a una carretera. Las investigaciones acabaron por dar con el asesino: un militar de 31 años que acabó con la vida de la chica por divergencias por el pago del servicio sexual. A la vez que el asesinato se esclarecía, la Unidad de Violencia de Género emitía un comunicado donde lamentaba la muerte de la joven, a la vez que señalaba que los hechos no podían ser tildados de violencia de género por tratarse de una relación casual. Muy pocos medios se hicieron eco del caso, hasta ahora. El Ejecutivo español respondió hace poco a dos diputadas socialistas el por qué no se había considerado el asesinato de la joven como violencia de género; su respuesta es similar a la dada en noviembre por la Unidad de Violencia de Género con la ley en la mano. Puesto que no he estudiado Derecho, no voy a entrar en discernir qué es y qué no es violencia de género según las leyes españolas. Como tampoco he cursado Ética periodística, pasaré por alto el titular de Europa Press. Pero de lo que sí se algo es de Historia de la Sexualidad en la Edad Media.

 

La sociedad medieval es una sociedad de violencia, de ahí que aflore en cada esquina, en cualquier persona y ante cualquier situación. A mayores, la violencia dentro del matrimonio está a la orden del día porque es un sistema socialmente permitido para que el marido “muestre” el buen camino a su mujer. Y también a las hijas y a las hermanas. Cualquier mujer que se porte de forma no idónea puede ser insultada y castigada físicamente si se lo merece por sus familiares y allegados, también por otras mujeres. Y en esta sociedad son las prostitutas las mujeres más “aleccionadas” porque su oficio es el de ser mala mujer. En muchas poblaciones cualquiera podía agredir a una prostituta, verbal, física y hasta sexualmente sin ser sancionados por las autoridades. Ser insultado o pegado en la Edad Media no era sólo daño psíquico o físico, sino mayoritariamente humillación y por tanto deshonra. Pero la honra sólo puede ser perdida por quienes la poseen y las prostitutas, por ejercer su oficio, están desposeídas de ella. Por ello pueden ser insultadas y golpeadas con total impunidad, sobre todo si son las que han provocado la situación o si los testigos así lo indican.

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Aborto: el futuro de un pasado II

El honor, como esta ley, es misógino, hipócrita y poco cristiano. Esta claro que no debería contentar a quienes, parece, ha de contentar: la Iglesia y los grupos pro-vida. ¿A quién contenta entonces? Detrás de la lógica del honor siempre hay miedo e inseguridad, odio, necesidad de sentirse superior, vencedores y vencidos al fin y al cabo. Esta ley sólo contenta a quienes necesitan dominar para demostrar, para ocultar o para sentirse al fin algo.

 

Casi tres semanas después de que se conociera el anteproyecto de la nueva ley del aborto, la polémica continúa. Pero esta vez la falta de consenso dentro del Partido Popular nos hacen reflexionar sobre qué busca realmente la ley, a quién beneficia. Muchos han sido los columnistas y contertulios que han intentado esclarecer el por qué de esta ley. Uno de los más sonados ha sido Juan José Millás, tanto en su artículo de El País como en su espacio de Hoy por hoy de la cadena Ser:

 

Como muchos de nosotros, Juan José Millás busca respuestas a la nueva ley del aborto. Reconozco que es atractivo pensar que esta actuación del ministro de justicia sólo se puede explicar por la psicopatología (“lo de Gallardón solo de puede explicar desde la psicopatología… desde la política, desde la ideología es inexplicable“) pero opino que tal razonamiento es injusto para las personas que sí tienen un problema mental. Injusto pero también vacío. Hoy en día cuando las acciones de una persona son incomprensibles para el resto, decimos que está psíquicamente enfermo; en la Edad Media le echaban la culpa al diablo. Pero ni el diablo ni la enfermedad, la Historia de la Sexualidad explica bastante bien de dónde viene la nueva ley del aborto y adonde va.

 

Alberto Ruiz-Gallardón quiere gobernar en los úteros españoles en palabras de Juan José Millás; la mujer como ganado doméstico y Gallardón como pastor de úteros. No es la primera vez en nuestra cultura que el interior del útero femenino no pertenece a la mujer. En la Roma clásica una mujer casada no podía abortar sin el consentimiento de su marido, ya que la patria potestas permitía a este decidir sobre la vida o la muerte de sus hijos, nacidos o no. Aunque el no nacido tuviese derechos (estaba prohibido el entierro de una mujer embarazada antes de extraer el feto así como aplicarla la pena capital antes de que diera a luz), en el Imperio Romano pagano la restricción del aborto no era una consecuencia de la necesidad de protección legal del que estaba por nacer, y si de la de hacer patentes los derechos de un tercero. Ayer los del Pater familias; hoy los del Estado.

 

La ley es contradictoria ¿por qué? En una norma que aspira a defender los derechos del no nacido, es ilógico permitir también la interrupción del embarazo fruto de una violación. Pero si se permite abortar alegando daño psicológico, es redundante diferenciar el supuesto antes mencionado, aunque su camino burocrático y administrativo sea diferente; parece que la violación no es un daño psicológico para la mujer sino otra cosa. En la Plena y Baja Edad Media castellana la unión entre violencia sexual y deshonra, infamia, vergüenza es muy estrecha, así como la nula relación entre sufrimiento y violación. Como en muchas normas medievales y no medievales, quienes escriben la ley se olvidan del dolor, o al menos del dolor de las mujeres para centrarse en el de otras personas. Me refiero al daño provocado al honor, como ocurría en la Edad Media.

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Caballeros medievales, caballeros sexuales

Pero en la Edad Media real el ideal de virilidad se apoyaba, entre otras cosas, en la capacidad que tenía un hombre de dejar embarazada a una mujer, y cuanto más rápido mejor. En todos los estratos y edades aparece esta afirmación de la masculinidad, aún a costa de serios problemas y procesos judiciales.

 

Hace ya un mes, la marca de preservativos Coontrol comenzó una campaña publicitaria en televisión para dar a conocer su nuevo producto, el Control easy-way. Y para ello recurrieron a la Edad Media: como no se puede mostrar a un hombre poniéndose un preservativo, haremos la demostración con caballeros medievales. ¿Qué puedo decir? Pues que ya nunca nos equivocaremos de lado al poner un condón… y que esto es un blog sobre sexo en la Edad Media.

 

El anuncio, como metáfora de la facilidad de poner un preservativo, cumple sus objetivos. También es divertido  y con varios dobles sentidos. Ahora bien ¿qué vemos en el anuncio? O mejor dicho ¿qué imagen de la Edad Media nos encontramos? Pues la que el común de los mortales podemos tener del amor cortés medieval: caballeros que mediante la exposición de sus artes quieren ganarse el amor de una dama, mientras que ellas son las respetadas protagonistas, las que eligen y deciden hasta donde llegar. La elección es bastante acertada si pensamos que ese amor cortés no estaba exento de sexualidad, pues las composiciones también tienen claros tintes eróticos al contrario de lo que se suele pensar. No obstante, todo esto también es irónico en un spot sobre preservativos. Existe la hipótesis de que en el De Amore de Andreas Capellanus, una de las obras clave del amor cortes, a lo que el autor llama amor puro no es sino la práctica del coitus interruptus.

 
Ahora bien, para la Historia de la Sexualidad el problema reside en que el amor cortés es más bien una ficción literaria donde, al contrario que con otras obras, pocos son los ecos de la realidad. Por eso no suele estar presente en los estudios de sexo en la Edad Media, aunque filólogos como James A. Schultz hayan enarbolado su defensa con bastante razón, pues aun siendo una ficción  es interesante conocerla al contener las normas de la élite que las creó, es decir, su forma de pensar y entender el mundo, incluido el sexual.

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De violaciones inexistentes y sexo extramatrimonial condenado… también en la Edad Media

Esta última semana varios periódicos nacionales e internacionales se han hecho eco del caso de una joven Noruega que había sido violada en Dubai. Pero la repercusión mediática ha venido porque la víctima ha sido condenada a 16 meses de cárcel. Y es que tras denunciar la agresión el sistema legal de los Emiratos Árabes Unidos se volvió en su contra, condenándola por mantener relaciones extramatrimoniales, consumo de alcohol y falso testimonio. Sexo fuera del matrimonio condenado, bebidas alcohólicas y una violación que se transforma en sexo consentido son motivos más que suficientes para que mi curiosidad hacia todo lo que se parezca a la sexualidad en la Edad Media se ponga en funcionamiento.

 
La noche en que Marte Dalelv fue violada, había estado de fiesta con unos amigos en una discoteca, consumiendo alcohol. Cuando quiso volverse al hotel pidió a uno de sus colegas que la acompañara. Lo siguiente que recuerda es despertarse a la mañana siguiente desnuda en su cama, con signos de haber sido violada. Su primera reacción fue hablar con los responsables del hotel para que llamaran a la policía, a lo que estos respondieron preguntándola si estaba segura de querer involucrar a la policía en esto. Y es que en los Emiratos Árabes Unidos la Sharia es la ley vigente, y para condenar a alguien por violación se necesita la confesión de los dos implicados o el testimonio de cuatro hombres adultos que presenciaran la violación. Por la ausencia de todo esto su agresor no fue condenado por violación pero sí por sexo fuera del matrimonio y consumo de alcohol (que, imagino, fue lo que declaró ante las autoridades). No es la primera vez que me encuentro con sistemas normativos que posibilitan  que una violación pase a ser inexistente, o que las relaciones sexuales mantenidas fuera del matrimonio sean penadas. Evidentemente, todo ello lo he encontrado estudiando la sexualidad medieval.

 
Si estudiamos los fueros de Castilla y de León podemos ver cómo una relación sexual consentida se puede presentar como violación, pero también que una mujer violada no pueda ser creída. En muy pocos de ellos se exige que la supuesta agredida sea examinada físicamente (en busca de golpes y moratones) o/y ginecológicamente, aunque las encargadas del examen sólo puedan aventurarse a decir si la agredida es virgen o no, o si existen heridas y hemorragias detectables a simple vista. Probablemente por estas limitaciones, lo que se suele pedir es que la violada presente una serie de testigos, lo cual puede ser muy complicado si el acto se realizó en una zona despoblada como el campo. Algunos fueros exigen una muestra de dolor pública por la afrenta recibida: arañarse las mejillas, gritar, tirarse al suelo… Y es que se supone que una mujer que no haya experimentado una violación no se atrevería a presentarse así ante sus vecinos, a quedar gravada de este modo en la memoria de estos, a que se desgracia sea pública. No obstante muchas mujeres violadas decidían callar. Las casadas, por ejemplo, temían que si no eran creídas, si las pruebas no eran suficientes o los testigos se ponían en su contra, fueran procesadas por adúlteras. Otro tanto les ocurría a las solteras que pasaban de violadas a consentidoras, enfrentándose así a la furia de sus padres y hermanos y a ser devaluadas en el mercado matrimonial. De víctimas a culpables. Pero la razón más radical para el silencio estaba en una cuestión mental, que en muchas ocasiones la naturaleza femenina se entendía como una naturaleza cegada por la sexualidad, donde la mujer era capaz de consentir y disfrutar de la violación. Hoy en día esta idea todavía está vigente.

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