¿Célibes y desesperados? Hombres medievales solos

Sabemos por los fueros que los pastores tenían vedado introducir prostitutas en sus chozas mientras cuidaban el ganado. Mientras, los marineros que aparecen en la literatura castellana nunca dudan en subir a bordo a una mujer que les pueda alegrar la travesía si tienen oportunidad. Y los monjes están privados de compañía femenina si así lo desean, porque aunque no sea lícito salir del monasterio sin permiso, se hace.

 

Hace un par de semanas unos compañeros (Hola David! Hola Victor!) me preguntaron sobre la sexualidad de los hombres medievales desprovistos de féminas a la vista. Entiéndase por estos hombres solitarios aquellos que, debido a sus condiciones laborales, se veían obligados a pasar más tiempo de lo que era normal sin tratar con el otro género. Tres ejemplos bastante claros serían los encerrados monjes en sus conventos, los pastores alejados de los núcleos de población y los marineros en alta mar.

 

No es fácil reconstruir la vida sexual de estos hombres; las fuentes que nos hablan de ellos no suelen mencionar cómo se las arreglaban sexualmente cuando su modo de vida les alejaba de las mujeres. Aunque no es mucho suponer que sin mujeres lo que queda es la masturbación, la zoofilia y la homosexualidad. Algunos penitenciales altomedievales fueron escritos por personas que conocían muy bien qué podía ocurrir a nivel sexual en un espacio habitado exclusivamente por hombres, como un monasterio masculino, de ahí que establezcan penitencias para aquellos que caen en la masturbación, en el sexo anal, en el roce de los genitales con el compañero hasta llegar al orgasmo; incluso se castiga a aquellos que se sirven de troncos de árboles perforados u objetos similares en los que introducir el pene para deleitarse. Pero cuando a finales del siglo XII los penitenciales desaparecen, se llevan consigo esa espectacular claridad a la hora de hablar de sexualidad. Los confesionales son muchísimo más cautos a la hora de confesar los pecados de la lujuria. Un ejemplo evidente nos lo ofrece Martín Pérez cuando recomienda a los confesores que pregunten a los pastores por los pecados contranatura, sin especificar si se refiere a la masturbación, la homosexualidad, la zoofilia o todos ellos, diciendo sólo que son muy propensos a cometer tales faltas.

 

Ciertamente a esos monjes apartados del mundo, a esos pastores solitarios y a esos marineros solos ante el mar, no les quedaba otra opción que la abstinencia o la masturbación, las prácticas homosexuales o el bestialismo. A no ser que, como género masculino que vivía en la Castilla de la Edad Media, no estuvieran ni tan apartados del mundo, ni fueran tan solitarios y ni estuvieran tan solos ante el mar.

Sabemos por los fueros que los pastores tenían vedado introducir prostitutas en sus chozas mientras cuidaban el ganado. La prohibición no tiene un carácter moral sino práctico: si el pastor se descuida el rebaño se pierde. Mientras, los marineros que aparecen en la literatura castellana nunca dudan en subir a bordo a una mujer que les pueda alegrar la travesía si tienen oportunidad. Y los monjes están privados de compañía femenina si así lo desean, porque aunque no sea lícito salir del monasterio sin permiso, se hace. La literatura y la documentación de archivo así lo constatan: tenemos monjes que abandonan los monasterios por la noche para reunirse con sus amantes, otros que pasan días enteros en las tabernas entre dados, vino y prostitutas, y algunos que poseen una extensa prole. En los casos más extremos los monjes tienen varias amantes, los hechos son públicos o viven con ellas en los mismos monasterios, saliendo a pasear por las huertas cogidos de la mano.

 

La zoofilia, la homosexualidad y las masturbaciones “creativas” eran prácticas que se llevaban a cabo, pero en lo referente a su ejecución habitual entre los hombres privados de compañía femenina, son más bien un tópico. Como se puede comprobar, también en la Edad Media quién está sólo es porque quiere. Y lo más importante, no por ser medievales están más desesperados que cualquiera de nosotros cuando nos vemos obligados a guardar continencia.

© Sexomedieval 2013

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