¿El origen de la homosexualidad?

lapiceroDesde hace años se por qué en Historia se estudian unos temas más que otros, o por qué se da tal orientación a determinadas temáticas que nunca se abandonan. Las Tendencias Historiográficas Actuales que me hicieron cursar en la facultad sirven para esto y mucho más. No obstante, llevo un tiempo preguntándome si las ciencias naturales poseerán algo parecido. ¿Qué es lo que están estudiando los físicos y por qué? ¿Cuál es la última moda en biología? ¿Existen temas tabú en química?

 
Todas estas preguntas volvieron otra vez en mi mente no hace mucho, cuando volví a leer una nueva explicación sobre la homosexualidad. Mientras leía el artículo no hacía otra cosa que preguntarme por qué, por qué estudiamos la existencia de la homosexualidad y no de gente que no le gustan los dulces o el sabor amargo. Podía ser una cuestión de trascendencia a los medios de información: el sexo y la astronomía vende, el resto no. Pero, aún así, sigo dándole vueltas.

 

Para quien no lo sepa, esta nueva explicación sobre el por qué existe gente homosexual aboga por una mezcla entre genética y exposición a ciertas hormonas durante el embarazo: al parecer por herencia se es más o menos sensible a la exposición a determinadas hormonas mientras estamos en el útero materno, lo que provoca que seamos homosexuales o heterosexuales y de que existan familias con varios miembros homosexuales (Emilio de Benito, El País 11-12-2012). La verdad es que no tengo nada en contra de estos investigadores ni contra su estudio, pero creo que deberían ser un poquito más multidisciplinares: el informe Kinsey que data de la década de los 50 del pasado siglo, venía a decir que apenas existe la homosexualidad o la heterosexualidad total, pues los humanos nos movemos en una escala de reacciones bisexuales mayor o menor. Y es que, como bien indica el autor del artículo, la bisexualidad bajo esta teoría quedaría sin explicación.  Bisexualidad, homosexualidad, heterosexualidad, pansexualidad u omnisexualidad y asexualidad. En nuestro mundo pululan varias orientaciones sexuales, lógico si pensamos que para definirnos como personas necesitamos conocer cuál es nuestra tendencia sexual. Pero esto no siempre fue así, no siempre importó con quien prefirieras meterte en la cama. Vayamos al mundo romano y al medieval.

Si tuviésemos que definirlo con nuestro vocabulario de orientaciones sexuales, buena parte del mundo romano sería bisexual: Ovidio prefería las mujeres mientras que el emperador Marco Aurelio deseaba a dos de sus esclavos, un chico y una chica. Y no pasaba nada, porque lo importante no era con quién se practicara sexo. Como bien he dicho el mundo romano sería bisexual, pero darle este matiz es una necesidad nuestra, no suya. Como demuestran los trabajos de Paul Vayne, entre los romanos definirse sexualmente no significa ser hetero, homo o bi, sino ser activo o pasivo. Y esto sí que tenía un juicio moral: ser activo era lo correcto, ser pasivo era deleznable. Daba igual quién fuera tu amante siempre y cuando tú fueses el que penetrara y no el que fuese penetrado. Pero el mundo se mueve y las morales sexuales también cambian. Damos por sentado que en materia sexual, la llegada del cristianismo al mundo romano supuso muchos cambios, pero o estos no existieron o no fueron tan inmediatos como muchas veces suponemos. Centrándonos en el tema de la homosexualidad, aunque durante el medievo la Iglesia convierte en norma que todo el mundo sea en sus prácticas sexuales heterosexual, la homosexualidad no existe como tal: no existe un vocablo que contenga su definición porque el sodomita no es una persona de carne y hueso sino, más bien, una práctica sexual exclusiva o un concepto. No existen los hombres a los que les gustan sexualmente los hombres, sino que cuando se habla de sodomita se hace referencia a hombres que practican sobre todo sexo anal con personas de su mismo género. Las prácticas sexuales entre mujeres van a parte. Además, se sigue manteniendo esa dicotomía entre activo y pasivo, entre aceptable e inaceptable: en la Castilla del siglo XII es mas insultante decirle a un hombre que le gusta ser penetrado por otro, que decirle que le gustan los hombres. Y en las relaciones entre hombres y mujeres también seguía pasando lo mismo: la mujer no podía ser abiertamente activa, no debía tener la iniciativa sexual sino quería exponerse a ser insultada o ser mal vista por el resto de la sociedad.

 
Curiosamente todavía nos queda algo de estos ecos romanos, tras largos siglos donde la heterosexualidad acabó fraguándose como norma y apareció la necesidad de definir ante los demás con quien preferimos irnos a la cama. Pero eso es otra historia.

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