El origen, sexual, de la expresión “poner la mano en el fuego”

Hace ya unas cuantas semanas, justo cuando estalló el escándalo de los sobres y la financiación ilegal del PP, escuché decir a María Dolores de Cospedal que ella pondría la mano en el fuego por Mariano Rajoy. Fue escuchar la expresión “poner la mano en el fuego” y viajar en el tiempo: sexo, Edad Media, honra…. Me imaginé y pensé muchas cosas durante unos segundos, hasta que recobre la consciencia de que estaba en el año 2013 y no a finales del siglo XII en Cuenca. Hoy por hoy “poner la mano en el fuego” es una frase hecha, pero tiene un claro origen medieval con un alto componente sexual en Castilla.

 
Poner la mano en el fuego era un tipo de ordalía o Juicio de Dios. Puesto que en aquellos tiempos no existían las sutiles pruebas de los delitos a los que nos tienen acostumbrados las series de televisión, para un juez saber qué era lo que había pasado era harto complicado, por no decir imposible. Los testigos, como hoy, podían ser comprados o no querer dañar sus propios intereses. También se podía recurrir a la tortura, pero es evidente que con ese procedimiento la verdad tampoco afloraba. Así que recurrían a Dios. Al supuesto culpable se le hacía meter la mano en aguar hirviendo, en una hoguera, sujetar un hierro candente… esperando a que, si era inocente, Dios o los santos intervinieran e hicieran curar rápidamente la herida provocada, motivo por el cual se prohibia que la quemadura fuera médicamente tratada. La resolución del proceso judicial era bien sencilla: si la mano curaba rápidamente el acusado era inocente, y si no… culpable.

 

En lo que luego sería la Corona de Castilla, el Fuero de León de inicios del siglo XI ya da muestras del uso de las ordalías. Pero mi favorito es el Fuero de Cuenca, de finales del siglo XII y con un alto valor para la Historia de la Sexualidad. En comparación con el Fuero leonés, parece que las cosas han cambiado: ya no se enfrentan a las ordalías todo aquel acusado de robo, homicidio e incendio, sino sólo mujeres mayoritariamente relacionadas con actividades de índole sexual. La excepción son las mujeres acusadas de haber matado a su marido, pues todas  han de demostrar su inocencia cogiendo el hierro al rojo vivo. El resto de supuestas asesinas, pirómanas y ladronas sólo han de ser sometidas a esta prueba si poseen un pasado sexual agitado para la época. Estas mujeres obligadas a enfrentarse a la prueba del hierro candente, son exclusivamente las acusadas por los testigos de haber actuado como alcahuetas en algún momento de su vida, o de haber mantenido relaciones sexuales con cinco hombres o más. El peso de la sexualidad de estas mujeres a la hora de enfrentarse a un juicio es evidente. Como son mujeres de mala fama por su promiscuidad o delincuentes por animar a transgredir las normas sexuales, son despojadas del derecho ha demostrar su inocencia a través de los testimonios de diferentes testigos; sólo les queda la intervención divina. Y es que la mujer, desde finales del XII en adelante, sólo es honra en un mundo de hombres, y la honra femenina sólo es sexo.

 

Con el tiempo las ordalías fueron siendo prohibidas por el estamento eclesiástico, algo que aparece afianzado a finales del siglo XV. Pero la relación entre sexualidad, credibilidad y honra la perdimos no hace tanto tiempo, aún nos queda un residuo bien arraigado en nuestra psique que resurge con bastante frecuencia como demuestra este blog. Mientras, nuestra lengua conserva expresiones que nos permiten viajar directamente al pasado, aunque hayamos olvidado su significado.

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