Guía de la buena esposa… medieval

Hace un par de semanas un post de uno de los blogs de El País (Blog Eros) levantaba mucha polémica, tanto es así que las innumerables muestras de desacuerdo por parte de los internautas con lo ahí escrito forzaron una respuesta por parte del defensor del lector. Lo escrito por Venus O’Hara, la autora del post, recibió un aluvión de críticas aunque el escrito no reflejase su opinión, sino que aportaba un texto de una escuela on-line de esposas para reflexionar sobre él: la mera existencia de esta escuela, la utilidad de los consejos que daba, quién los daba y para qué… El texto de la polémica, sacado de esa escuela para esposas, tiene el expresivo título “doce pasos para proteger tu matrimonio de la infidelidad“. Dicho de otro modo, cómo hacer para que tu marido te sea fiel. Muchos de esos consejos tiene que ver con la sexualidad (no descuides tu físico, se sexy en el vestir, ten todos los días algo de intimidad sexual con él, hazle sentirse deseado…)  lo cual, cómo no, me hace reflexionar históricamente sobre la infidelidad y los consejos sexuales para prevenirla.

 
No es algo excepcional encontrar textos que evoquen la infidelidad en la Edad Media. El ser infiel es una realidad desde que existe la pareja monógama. En el Medievo castellano esto se traduce en múltiples textos donde se nos cuenta cómo un marido abandona su hogar y se casa en otro sitio, o que decide separarse de su mujer y empezar una nueva convivencia con su amante en la misma población; mientras, ellas intentan evitar esos desenlaces recurriendo a la magia, como ya hemos contado en un post anterior. Pero también las mujeres son infieles a sus maridos, llegando a huir con sus amantes.

 
En la Castilla medieval, las mujeres se preocupaban mucho con la sola idea de que su marido le fuera infiel. Dejando a un lado los sentimientos, una infidelidad a corto plazo significaba discusiones, malas palabras, malos tratos… y a la larga el abandono y, por tanto, la pobreza. Ante este panorama lo más seguro es que existiesen toda una serie de consejos (entre ellos sexuales) para evitar que el marido fuese infiel, y que se transmitían de madres a hijas o entre amigas, vecinas o familiares. Pero no nos han llegado por escrito. No obstante, el problema principal de estas mujeres no era que sus maridos las fuesen infieles, sino que estos sospecharan que ellas eran las infieles: el adulterio femenino, al contrario que el masculino, estaba penado hasta con la muerte, y no era raro que las simples sospechas hicieran a más de uno tomarse la justicia por su mano, poner una denuncia o dar una paliza a su mujer. Y estos consejos para que una mujer evite que su marido piense no ya que es infiel, sino que puede caer en el adulterio, sí nos han llegado por escrito y en numerosas ocasiones.


El primero es muy importante: no sólo hay que ser fiel, hay que parecerlo. La importancia de este consejo es capital porque son los demás, el resto de la sociedad, los que crean y diseminan los rumores de que una mujer está deseando encontrar un amante. Y estos rumores siempre llegan al marido. Por tanto, el resto de consejos se dedican a coartar el que se piense que esa mujer está buscando una relación extraconyugal: ser pudorosa en el vestir; no excederse con el maquillaje y los arreglos personales; no relacionarse con “malas mujeres”; no decir ni escuchar palabras sucias; en ausencia del marido no salir de casa ni dormir solas, así como el no permitir la estancia de hombres apetecibles dentro del hogar; no ponerse en la ventana; no hablar con extraños y con los conocidos hablar poco; que no permita que un hombre que no sea el marido entre en la habitación donde está descansando.

 
Consejos sexuales para evitar la infidelidad, para prevenirla. Pero en el caso medieval esas recomendaciones no están enfocadas a fomentar unos comportamientos relativos a la sexualidad que ayuden a la mujer a fidelizar sexualmente al marido, sino a demostrar que no se tiene la mínima intención de serle infiel. De prevenir la infidelidad del marido a evitar los rumores sobre la propia indidelidad. En ambos casos la sexualidad tiene un gran peso, pero se aplica desde lados opuestos porque busca objetivos opuestos. Responde a necesidades muy diferentes. Y es que a lo largo de la Historia las preocupaciones en torno al sexo cambian porque las sociedades, y sus circunstancias, también cambian.

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