Historias de tocador, historias de sexualidad en la Edad Media

Maquillajes, perfumes, tintes, adornos… mejorar nuestro aspecto personal para sentirnos mejor, seducir a alguien, seguir las modas o ganar la batalla al tiempo no es algo sólo propio de nuestro tiempo sino que parece, más bien, una constante en la historia del ser humano. A esta misma conclusión llegarán quienes visiten, hasta el 17 de junio, la exposición Historias de tocador. Cosmética y belleza en la Antigüedad en el Museo de Arqueología de Cataluña. Peines, pendientes, frascos para perfumes y otros ungüentos, pelucas… la exposición es sugerente y nos lleva a platearnos si, por ejemplo, la gente en la Edad Media conocía y podía darse estos lujos. La respuesta es fácil, sí; y diré más, la obtención de la belleza es un tema donde sexualidad, pecado, honra y fama tienen mucho que decir en el Medievo.

 
Maquillar los ojos, pintar las uñas, aclarar el rostro, teñir de rojo los labios, aplicar colorete en las mejillas, volver rubios los cabellos para ocultar el paso del tiempo, utilizar perfumes, tatuar las manos con henna o pulir y estirar la cara para disimular las arrugas, son prácticas a las que las fuentes medievales castellanas hacen referencia. Mayoritariamente son actos femeninos, aunque los hombres no se libran de este culto al cuerpo mediante el uso de perfumes y, sobre todo, a través del vestido. Pero para una mujer la belleza es un problema en la Edad Media, está revestida de sexualidad, motivo por el cual su cultivo siembra reticencias. Si las mujeres bellas atraen a los hombres sin ningún tipo de artificio, se cree que las que cultivan estas artes lo hacen sólo para encontrar un amante. Esto las convierte en mujeres al borde de cruzar la linea que separa las buenas mujeres de las malas mujeres, aquellas que no orientan su sexualidad exclusivamente a un marido, ya sea futuro, presente o pasado. Por tanto, las ansias de belleza pueden arruinar la buena fama de una mujer pues su intención, aunque no tenga nada que ver con el atraer al sexo opuesto, no cuenta: al verla una parte de la sociedad piensa que sí busca a otro hombre y, tarde o temprano, lo encontrará. Ni siquiera las casadas puede excusarse en que se arreglan para sus maridos: sobre ellas se cernirá la duda de la infidelidad, lo que provoca la aparición de los celos.

 
La Iglesia medieval también ve sospechosas las técnicas de belleza. En su caso no es la honra lo que está en juego, sino el alma… y también el alma del que mira. Como ocurría con el vestido y que ya pudimos ver en el post Mi ropa provoca ¿quién tiene la culpa?, estas prácticas son denominadas “engaños del diablo” porque su objetivo también es la seducción, el gustar sexualmente y, por tanto, la lujuria. Incluso quienes lo hacen sin esta intención pecan, pues el resultado es el mismo que si lo hicieran conscientemente: el nacimiento en los demás del pecado sexual. Además, el pecado también es atribuido a quienes crean y comercializan adornos y cosméticos, porque dejan que sus clientes cumplan sus objetivos sexuales o caigan en la vanidad, razón por la cual sería mejor para todos que cambiaran de oficio.


El culto a la belleza no era un acto que se creía inocente en la Edad Media. Un pendiente, el colorete, un peine… para algunos no eran simples objetos sino el inicio de un camino hacia la perdición, hacia la deshonrra o hacia el pecado. Todo tiene un significado. Tal vez nuestros antepasados medievales exageraban con lo que posibilita la estética moderna, pero pensemos por un momento, por otras razones tampoco hoy ese cultivo de la belleza está exento de peligros. Y es más, algunas siguen en pie.

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