¿Matrimonio homosexual en la Edad Media?

Hace un par de semanas una colega me preguntaba sobre la veracidad de una noticia que había leído en internet. Quería saber si era verdad lo que en ella se leía, si en la Edad Media existieron las denominadas “bodas de la semejanza“, vamos, matrimonios gays.

 
La pregunta merece una respuesta amplia y matizable. El término de “bodas de la semejanza” (traducción al español de “same-sex unions“) lo acuñó y desarrolló John Boswell en dos de sus obras. En la primera, Cristianismo, tolerancia y homosexualidad: los gays en Europa, Boswell afirmaba que la homosexualidad había sido tolerada por la Iglesia hasta el siglo XIII, teoría respaldada gracias a, entre otras cosas, la existencia de los rituales de adelfopoiesis, uniones entre dos personas del mismo sexo. En su segundo libro, Las bodas de la semejanza (Same-sex unions in premodern Europe), Boswell se centra en estudiar la existencia de rituales litúrgicos cristianos (sobre todo en el Mediterráneo oriental) donde dos personas del mismo sexo se unían mediante promesas de vida y ayuda en común que pueden equipararse a las del matrimonio, sobre todo al matrimonio actual.

 
Pero la adelfopoiesis, que es a lo que Boswell hace referencia, significa en griego “hermanar”, “hacer hermanos”. No se está hablando de matrimonios ni de parejas de hecho como nosotros lo entendemos, sino fórmulas de hermandad donde ni el sexo ni el amor erótico aparecen. Como ejemplo voy a poner el pacto de adelfopoiesis de unos gallegos del siglo XI que Boswell encontró: ambos prometen encargarse en conjunto de la casa y la iglesia que tienen en propiedad, así como el repartir a partes iguales las tareas en el huerto y todo aquello necesario para vestirse, alimentarse y sobrevivir. Se da por hecho que si alguno cae enfermo, el otro le cuidará. Las amistades del uno serán las amistades del otro, y obrarán igual con los enemigos. En el mundo oriental el pacto se ratificaría como muchos otros pactos, incluidos los matrimoniales: ante la divinidad como testigo supremo, anunciado en uno de los lugares más públicos, la puerta de la Iglesia, para que todos sepan que esas dos personas tienen un nexo de unión importante. En este caso los gallegos, como mínimo, han ido al notario. Como se puede ver, en la adelfopoiesis no tendría por qué haber ni sexo ni amor erótico: primero porque la norma no obliga a la consumación sexual como si de un matrimonio se tratase  para hacerlo válido, y segundo porque ese amor que ellos se juran no tiene por qué ser un amor erótico, que es lo primero en que nosotros pensamos cuando vemos la palabra amor. Es el mismo caso de algunas tumbas inglesas medievales donde se encuentran enterrados dos hombres y en cuyas lápidas aparecen inscripciones jurándose amor eterno. Y es que en latín existen dos palabras que nosotros ahora traducimos por amor, el amor erótico y el amor amistad por así llamarlo. Y en crónicas castellanas medievales no es raro encontrarse expresiones donde se habla del amor, o del poco amor, que se tiene dos hombres: en este caso no se trata de amor erótico y por tanto homosexual que se da entre personas del mismo sexo, sino de amistad, aprecio…


No obstante Boswell, siguiendo la estela de la adelfopoiesis, quería encontrar formas legales bajo las cuales dos personas del mismo sexo que se amaban pudieran compartir su destino sin ser molestadas. Evidentemente las encontró y en la documentación están, pero lo que nunca podremos saber es qué tanto por cierto de las personas que formaban esas hermandades eran homosexuales y, por tanto, si estos pactos eran más bien una forma de compartir su existencia plenamente que una hermandad por motivos materiales. No obstante, fuese cual fuese su intención, la Iglesia reconocía la unión.

 

Para el caso medieval y castellano he de decir que no recuerdo haber leído un documento parecido al de los gallegos, aunque he de puntualizar que el 99% de la documentación notarial medieval castellana no se conserva (y la que se conserva sobrevivió porque confirma propiedades generalmente), sin contar con que es posible que muchos pactos no se pudieran por escrito pero se ratificasen de forma oral ante testigos. Conclusión: sí existieron esas “bodas de la semejanza”. Ahora bien, quienes accedían a ellas podían ser homosexuales en busca de una unión muy parecida a la marital o no.

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