¿Quién necesita una novia virgen en la Edad Media?

Que llegar virgen al matrimonio sea grato a la Iglesia no es un capricho, pues demuestra que el creyente ha sido consecuente con la moral sexual cristiana. Pero eso no la convierte en obligatoria para acceder al matrimonio, ni hoy ni en la Edad Media. La Iglesia no era la única defensora de la virginidad, ni la mejor. La sociedad tenía sus propios intereses y medios en resguardar la virginidad, pero sólo la femenina.

 

Hace cosa de unos días, vi en las redes sociales la siguiente noticia: La iglesia exigirá certificado de virginidad para poder casarse. Alguno comentó que esto era una vuelta a la Edad Media. El copete de la noticia esclarecía aún más el titular: El Obispo de Sevilla, Rubén Sempiterno, en declaraciones a la cadena COPE, ha confirmado al diario ABC que a partir de ahora es necesario para casarse presentar un certificado de virginidad. Las fuentes de la noticia eran fiables: tanto la COPE como el ABC (famoso en las redes sociales y en este blog por otros artículos suyos sobre Iglesia y sexualidad) son medios afines a la Iglesia española. Hasta aquí todo ralla la lógica si no somos expertos en asuntos eclesiásticos, pues ni existe un Obispo en Sevilla ni el jefe de la archidiócesis sevillana se llama Rubén Sempiterno.  Pero lo que a cualquiera le tiene que sonar sospechoso es que el link de la noticia no funcione. Estamos ante una broma, bien pensada, que muchas personas se han creído desde noviembre de 2013. Ahora bien ¿por qué la han creído? Sencillo, por la conocida relación entre Iglesia y virginidad; pero a la vez complejo.

 

La Iglesia no inventó la virginidad, ni siquiera su valor y su imaginario porque ya estaban allí cuando Jesucristo murió en la cruz. No obstante, su interés por ella fue marcado y acabó afectando a todos los cristianos. Algunos Padres de la Iglesia en época romana dieron un extraordinario valor a la virginidad, prefiriendo este estado mucho más que el del matrimonio. Esto provocó que durante los siglos altomedievales el matrimonio fuese devaluado como opción de vida cristiana frente a la vida monástica. Quien quería servir a Dios debía ingresar en un monasterio, no en las filas de las personas casadas. Pero en el siglo XII la moral sexual cristiana vivió diversos cambios, entre ellos la equiparación del matrimonio con la vida clerical como opción de vida. Justo en ese mismo siglo se expandió el culto a María, la madre de Jesucristo, una virgen. Ella será el modelo ideal de mujer, el referente de todas las mujeres cristianas: vírgenes (o en su defecto castas) y madres. Frente al ideal se encontrará Eva, personificación del pecado y la lujuria que arrastran al hombre.

 

La Iglesia antigua y medieval apreciaba la virginidad, sobre todo la femenina, pues según los escritores cristianos sus limpias vidas eran muy gratas a Dios. Poco se dice de los hombres vírgenes; y es que la Iglesia se encontraba influida, ya desde los tiempos romanos, por una sociedad que quería que las mujeres fueran vírgenes hasta el matrimonio, mientras que no creía posible que un hombre no tuviera ninguna experiencia sexual. Socialmente, ellos debían estar iniciados sexualmente; ellas debían ser vírgenes hasta su primera experiencia sexual con su marido. Pero los valores de la Iglesia no siempre coincidían con los sociales; para ella el sexo fuera del matrimonio era una grave falta para ambos géneros. El ideal católico era (y es) que todo el mundo llegase virgen a la noche de bodas, contradiciendo en parte al ideal social.

 

El pecaminoso sexo fuera del matrimonio no impedía que cualquiera con más o menos experiencia sexual se pudiese casar ante los ojos de Dios. Era moralmente muy reprobable pero no impedía que todo el mundo tuviera derecho a acceder al matrimonio eclesiástico salvo que ya estuviese casado, fuese un miembro del clero o no pudiese reproducirse. Eso incluía, por ejemplo, a las prostitutas. La sociedad medieval tampoco determinaba que el sexo antes de casarse impidiera el matrimonio, sobre todo si se era hombre; pero si se era mujer, el no ser virgen dificultaba el acceder al matrimonio.
 

La Iglesia no exige a nadie llegar virgen al matrimonio aunque lo prefiera, motivo por el cual nunca ha pedido que la virginidad sea certificada. Pero los futuros esposos y maridos castellanos de la Baja Edad Media sí que querían saber si la mujer con la que se iban a casar era virgen o no. Y sus motivos no eran para nada religiosos. No ser virgen significaba para una mujer tener que aportar mucho más dinero al matrimonio y no sólo para compensar al marido el arrebatado placer sexual de desflorarla. La existencia de un hombre anterior, de un iniciador que no era el marido, hacía que la mujer no perteneciese al grupo de las buenas mujeres, siendo sospechosa de querer adulterar porque conocía sexualmente a más de un hombre. la remota posibilidad de que la propia mujer fuera adúltera, era algo a lo que un hombre prefería no exponerse porque ponía en tela de juicio su valor ante el resto de la sociedad. Pero el dinero todo lo puede, si se tiene.

 

Que llegar virgen al matrimonio sea grato a la Iglesia no es un capricho, pues demuestra que el creyente ha sido consecuente con la moral sexual cristiana. Pero eso no la convierte en obligatoria para acceder al matrimonio, ni hoy ni en la Edad Media. La Iglesia no era la única defensora de la virginidad, ni la mejor. La sociedad tenía sus propios intereses y medios en resguardar la virginidad, pero sólo la femenina.

© Sexomedieval 2014

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